TALLER DE TRADUCCIÓN. Lingua e traduzione spagnola II, a.a. 2006-2007.
Facoltà di Lettere – Università degli Studi S. Orsola Benincasa
Prof.ssa Núria Puigdevall
Traducción del libro de Luciano De Menna, L’altra donna, Oèdipus, Salerno-Milano, 2006.
Alumnas que han trabajado en la traducción:
Marina Andeloro, Dora Covino, Ilenia D'Angelo, Valeria Lomonte, Claudia Muriano. (Capítulo I)
Sara Mazzucchelli - Fabiana Sarnataro - Rosa Notaro - Brunella Vinaccia. (Capítulo II)
Michela Gallo - Gabriella Merola - Claudia Rocco - Natalie Salerno (Capítulo III)
Valeria Amato - Rita Assante Di Cupillo - Michele Di Spiezio - Luciana Pelella (Capítulo IV)
Viviana Mercadante- Roberta Maria Di Bonito- Alessandra Amazio- Gioia Iannuzzi (Capítulo V)
Katia Scotto Di Santolo- Doriana Iuliano-Ciro Rimoli-Ivana Sarnacchiaro-Caterina Giordano (Capítulo VI y VII)
Pone Giuseppina- Punzo Floranna-Santagata Anna (Capítulo VIII)
Presentamos una primera revisión del trabajo hecho por los alumnos antes citados y revisado por Núria Puigdevall.
Luciano De Menna, La otra mujer
Capítulo I
Sonia
Todo empezó el sábado por la mañana de un julio ardiente. De esta historia el principio es verdad. No podemos decir lo mismo del final.
Entonces era muy joven y acababa de licenciarme, me daba maña para mantenerme en los estudios de cirugía de urgencia y aceptaba, en horarios incómodos, diferentes trabajos agotadores, pero bastante bien pagados. Aquella mañana me dirigía a uno de éstos, en el ambulatorio del aeropuerto de Nápoles, donde me esperaba un doble turno de vigilancia larguísimo- ¡doce horas!, para sustituir a un amigo.
Llegué con antelación, lo que ocurría raramente, sobre todo por la mañana. Una broma del destino también ésta, porque si hubiera llegado con retraso o simplemente en horario, ahora no estaría implicado en lo que voy a contar. Los hechos, quizás, habrían ocurrido igualmente, pero yo sólo los hubiera seguido, como todos en aquella época, leyéndolos en los periódicos.
Andaba con lentitud, echando un vistazo a los títulos del periódico recién comprado, cuando fui distraído por un vocerío que provenía de la sala de embarque. Me giré, y ví a un grupo de personas que venían hacia mi, entre la multitud que se giraba intrigada. La razón de tanto interés era una mujer que caminaba con paso elegante y determinado, un paso que no daba otra alternativa: había que seguirla. Y de hecho la seguía un pequeño cortejo compuesto por dos acompañadoras que probablemente tenían que abrirle el paso y en cambio se quedaban atrás, y por un montón de fotógrafos y periodistas, que se reconocían por el relampaguear de los flases y por los micrófonos, que intentaban inútilmente entrevistar a la mujer. A este grupito de entendidos, por decirlo de algún modo, se habían añadido unos curiosos cuyo número iba aumentando poco a poco.
Una escena ridícula, una de las que a menudo ocurren en el aeropuerto cada vez que llega o parte un personaje importante. Una escena típica, que me habría pasado por alto, sino hubiersa sido por el magnetismo que emanaba de la mujer hacía quien estaba magnetizada la mirada de todos.
En la manera de andar, en el aspecto, en el rostro, la mujer estaba dotada de una rara belleza. Parecía una diosa.Yo también me paré a mirar y reconocí en seguida, en aquel singular personale, a la actriz Sonia Rama, que por aquel entonces estaba en el cúlmine de su carrera y aparecía en todas las portadas de los magazines.
Pasó muy cerca de mí, casí me tocó, tanto que pude oír lo que decía a uno de los periodistas que intentaba seguirla mientras ella, hermosa e indiferente, continuaba caminando con indiferencia.
Parecía que caminaba en volandas, mientras que nosotros, pobres mortales, estábamos clavados en el suelo.Llevaba un top celeste con tirantes sutiles que me pareció de seda, y una falda del mismo color que evidenciaba su cuerpo alargado y, como una flor movida por el viento, se balanceaba paso a paso.
Me adelantó y yo, como los demás, me desperté del encantamiento que me había hechizado. Sonreí al cortejo que proseguía hacia las cancelas de embarque y me dirigí lentamente al ambulatorio, mientras plegaba el periodico con desgana.
Estaba en el umbral del Servicio de Urgencias, cuando oí un clamor que venía de las cancelas de entrada y ví a mucha gente que se amontonaba en un punto preciso, atraída por algo que yo no lograba ver. Alguien gritó para abrirse camino y después: ¿hay un médico? ¡por favor…un médico!
Me acerqué, primero con paso indeciso, luego más rápido, abriéndome camino entre la multitud, que como unas tijeras se alargaba cuando dije que era un médico. En el centro estaba la actriz tumbada, sostenida por las dos mujeres a quienes había visto antes que la seguían. Ahora intentaban pedir ayuda mirando a su alrededor perdidas. Aunque caminaba en volandas, Sonia Rama había tropezado, no sé en qué, y había resbalado.
Me acerqué para visitarla, mientras unos voluntarios intentaban agrandar el círculo que se había formado a nuestro alrededor, para darme espacio. Enseguida, se vió claro que no le habia sucedido nada grave, porque movía bien los pies y las manos y la cabeza parecía que no había sido dañada. Pero le dolía el pecho y no podía respirar bien y por eso gemía cada vez que movía el costado.
“Hay que hacer algunas radiografías– dije –lo mejor sería ir al hospital.”
Me dí cuenta de que las dos secretarias habían puesto cara de pánico y la actriz, intentando no esforzarse, para no mover el pecho, dijo:
-Por qué? ¿No se puede hacer todo aquí en el aeropuerto? Seguro que debe haber un Servicio de Urgencias, aquí, ¿no?
- Hay uno,y también está equipado para la radiología, pero creo que todavía no está el técnico – contesté y pedí confirmación a los dos enfermeros que acababan de llegar con una camilla. Temo que haya que esperar hasta las diez”
- Imposible – dijo ella con una mueca, porque con la agitación se había olvidado del dolor. – no puedo perder el avión; tengo una cita importante
Luego me miró con ojos suplicantes y añadió:
-Por favor, ¿no puede ocuparse usted de ésto? Sólo dígame si puedo irme de viaje o tengo que renunciar.
No podía rechazarme, y si lo hubiera hecho me arriesgaba a un linchaje virtual por parte de todo aquel grupo de gente que estaba aún encima nuestro, sin contar los esfuerzos de los voluntariosos. Aquella súplica de la bellísima actriz dolorida los había conquistado a todos. Tengo que confesar que también yo estaba echizado e me resistía sólo para no dar la impresión de favorecerla tan sólo porque era bonita y famosa.
Me levanté y indiqué a la mujer con una señal de la cabeza a los dos enfermeros. La levantaron con premura -nunca los había visto tan cuidadosos y profesionales- y la tumbaron en la camilla que, con rapidez, se dirigió al ambularatorio
“No, por favor” dije con firmeza al pequeño grupo de curiosos que ya la estaba siguiendo – “Sólo alguien que la cuide; ¿Viene usted? Bien, sígame” dije a una de las acompañadoras que se había ofrecido.
Al ver que tardaba la actriz gritó desde la camilla: “¡Ande! Doctor, no pierda tempo; mi avión está a punto de salir”. Estaba para acelerar el paso, aunque, en el fono, tal urgencia no existía. Me retras a posto, mirando a mi alrededor como como si esperara a alguien. Luego con tranquilidad me dirigí hacia el ambulatorio. Tuve que abrirme paso para entrar porque en la entrada ya se había formado un pequeño grupo de curiosos que esperaban noticias.
Las encontré a ella y a su acompañadora en la sala de radiología, con Vincenzo el enfermero, que era el encargado de las maquinas. Me retiré en el despacho anexo para ponerme una bata blanca que me diera un aspecto profesional. Sabiendo que mi aparencia juvenil no me ayudaba, pero con intención de hacer un buen papel. Tengo que confesar que ya pensaba en lo que contaría a los amigos.
“¿Qué tengo que hacer? – preguntó ella - ¿desnudarme?
“No, no es necessario, a menos que no lleve un corsé o un sujetador con partes metálicas” – contesté sonriendo y enseguida me dí cuenta de que había cometido un error.
“Nunca llevo sujetador, yo” – declaró ella con tono resentido, y con un rápido gesto, que le costó una pequeña mueca de dolor, hizo caer los tirantes y se quedó desnuda delante de mi.
Me pusé rojo hasta la raiz del pelo, porque noté en sus ojos un rayo de picardía y eso aumentó mi apuro. Estaba negro con mi mismo, porque no lograba conservar una conducta profesional y alejada. Miré a la secretaria que estaba sentada en un rincón para comprobar que no habían otros testigos que vieran mi actitud. Por suerte estaba distraída y probablemente no hubiera prestado atención a mi apuro. Pero me di cuenta de una sonrisa divertida para los adentros de Vincenzo, que enseguida se giró y hizo como quien no ha visto nada.
Sin hablar y un poco bruscamente, dije a la actriz que se pusiera detrás de la maquina y le hice apoyar el mentón sobre el suporte. Tiritó un poco por el frío del metal y con satisfacción pretendí que se acercara mucho. Expliqué brevemente lo que tenía que hacer: una larga respiración cuando se lo dijese y luego parar hasta mi señal .Me alejé llevando conmigo la secretaria a la sala de los controles.
Por suerte yo había utilizado aquella maquina, por eso no tuve dificultad. Mientras la secretaria volvía a ella para ayudarla, yo revelé la plancha y eche un primer vistazo. Lo que pensaba no había nada importante. Sólo había una pequeña raja en la tercera costilla derecha, que probablemente le causaba el dolor. Volví adentro.
“Como me esperaba, nada serio. Mire, sólo esta pequeña raja” – dije poniendo la radiografía sobre el visor e indicando el punto.
Ella miró la imagen con aire de curiosidad y comentó:
“Normalmente soy mucho más fotogénica”. Añadió, luego, sonriendo:
“ Estoy bromeando, de verdad. Sabe, los mdicos, los ambulatorios, los análisis sempre me dan miedo y necesito minimizarlos. Odio la enfermedad” – dijo, casi con rabia y luego añadió:
“Bien y entonces ¿que tengo que hacer? ¿Puedo partir?”
“En realidad se puede hacer poco, excepto esperar. Un vendaje estrecho le ayudaría, pero pienso que no quiere ponérselo.”
Me miró con aire severo y pareció decir: - “¿Y entonces, volvemos a discutir?”
“Le haría falta reposo, y tiempo para consentir la calcificación. Está claro que puedo recetarle unos analgésicos en caso de que el dolor se volviera más fuerte, pero no tendría porqué ocurrir. Bien considerándolo, pienso que puede partir, con tal de que no se afane en estos dias”.
Cogí el recetario y le receté un calmante. Cuando le entregué la prescripción ya se había levantado. Me miró y dijo: - “ Creo que no me ayudaría mucho, pero no se preocupe, yo también soy esperta en este sector.”
Luego mientras Miriam se ocupaba con Vincenzo de rellenar los formularios de ritual, me se acercó, cogió mi mano y mirándome en los ojos dijo:
“Usted ha sido muy amable, le estoy agradecida. ¡y tampoco sé su nombre!” – y seguía estrechando mi mano.
“Farnese… Giovanni Farnese”– dije, y por poco no añadí: “¡Estoy a su servicio!”.
“Es un nombre influyente”
“Sí, pero nada noble” – me apresuré a precisar sonriendo.
“Mire, cuando sonríe está mejor. Usted ha sido muy amable. Ha perdido mucho tiempo conmigo y yo, en cambio, ha sido impertinente, lo reconozco. ¡me disculpe! Tengo un carácter difícil. ¿Soy una actriz, ¿sabes?
-Si, la he reconocido.
Me fulminó con una mirada que quería decir “vamos a ver”, luego prosiguió como si no la hubiera interrumpido.
-Y nosotras las actrices tenemos que tener un carácter difícil, es parte del guión.
Luego se dirigió a la secretaria:
-A propósito del guión: ¿Cómo salgo de la escena ahora? Claro que no puedo presentarme así, torcida y dolorida, a aquellos salvajes codiciosas que están esperándome afuera ¿Miriam, tienes una idea?
Pero Miriam no había pensado en eso y no sabía que hacer.
En el clima de “cesadas hostilidades” que se había creado, se me ocurrió que a lo mejor podía hacer algo yo, y propuse:
-Hay un ascensor interior que lleva al piso superior, y luego de allí podéis bajar directamente a la puerta de embarque.
Después añadí, siguiendo al plural para que el hecho fuera menos personal:
-Si queréis, para completar la salida de la escena, puedo prestaros una bata y una silla de ruedas que luego podéis dejar en el embarque. Mandaré a alguien a recojerlo más tarde.
Sonrió divertida a la idea de una desaparación de la escena más espectacular y al mismo tiempo más reservada, y aceptó enseguida la propuesta. Miriam se pudo la bata, ella se sentó en la silla de ruedas. con una manta sobre las piernas, y yo las acompañé al piso superior, pidiendo al personal que encontramos el máximo silencio.
Les dejé a la salida. Miriam jugaba a enfermera y ella intentaba no llamar la atención.
Me quedé mirando por mucho tiempo así que le di la ocasión para que dijera la última palabra. Sin volverse levantó una mano y hizo un blando gesto de saludo, segura de que yo estaba allí todavía. Todavía estaba mirando la escena cuando oí la voz de Vincenzo detrás de los hombros: -
“¿Y cuando vamos a ver otra vez a una chica como ésta?”.
Me volví y ví a todo el personal del Servicio de Urgencia: Vincenzo, Daniele y Rosa, la secretaria, Donatella y la señora de la limpieza que todo el mundo llamaba Barbie, y nunca he entendido la razón, puesto que ella no se parecía para nada a la mítica y delgada muñequita. Estaba por contestarle de manera brusca, siempre para esconder mi azoramiento, pero por suerte me dí cuenta de que era absurdo.
Sonreí yo también y dije: -“Sí, pero...¡que actitud!”
“ Si mi mujer fuera así la pegaría todo el día” – dijo Vincenzo y después, suspirando con una cara de tristeza cómica, añadió: -
“¡pero, no es así!”
Entramos todos en el ambulatorio riendo.
Me acuerdo que pensé: “¡es la última vez que la veo, por lo menos en carne y hueso!” y sentí un poco de amargura. Sin embargo seguí viéndola en el cine, y tengo que confesar que desde aquel día no me perdí ninguna de sus películas. Ahora que había tocado de verdad su grande encanto, quería decir magnetismo, intentaba encontrarlo en sus personajes, en la pantalla.Sin duda recitaba bien y a diferencia de las otras divas casi parecía que no quería subrayar su belleza, por lo menos en sus últimas interpretaciones. No se pavoneaba.
También hice el error de hablar con aquellos amigos con los que salía entonces, con la intención de reir juntos y hacer algunas salidas “masculinas”. Pero muy pronto me dí cuenta de que no me convenía. Quizás mi interés, que no querría admitir, era tan evidente que empezaron a tomarme el pelo. Me había convertido en el amante secreto de Sonia Rama. Tan secreto que no lo sabía ni ella. Dejé de hablar de aquella situación y ellos también, poco a poco, dejaron de tomarme el pelo. ¡Pero yo seguí yendo al cine!
Fue tres meses más tarde – entonces estaba en Roma para seguir un curso en el policlinico Gemelli – que, abriendo el periódico, leì la noticia, escrita con gran claridad: “ desaparecida Sonia Rama. Se teme por su vida”.
Me quedé inmóbil por un momento, leyendo más veces el título, luego hojeé con avidez el artículo. No publicaba muchas noticias sobre los hechos, sin embargo se alargaba sobre la actriz, sobre su carrera, su vida pública y privada; todas noticias de repertorio. Los únicos hechos eran que la hermana de la actriz – supe así que tenía una hermana – había denunciado la desaparición y temía por su vida. No se encontraba uno de los coches y nadie tenía sus noticias desde hacía 48 horas, En realidad, me pareció que era poco para empezar a preocuparse: Pero la noticia me había afectado. En el fondo, la había conocido!
Pensé también que se trataba de una idea publicitaria para llamar la atención sobre su última película.Se las piensan todass a veces, para lanzar de nuevo a un actor o a un personaje, a cualquier título, público. Pero no me parecía que en el último periodo hubiera tenido un calo de popularidad y necesitara un nuevo lanzamiento. Y entonces ¿ Por qué reducirse a estos recursos mezquinos? Trabajè todo el día con un pensamiento fijo. Me acuerdo de que me pregunté qué razón tenía para estar tan implicado: en realidad, la había encontrado por muy poco tiempo.
Por la noche miré los telediarios y descubrí otros detalles se suponía también un suicidio, por una tarjeta de despedida que había sido encontrada en su casa. En el reportaje se aludía misteriosamente a una enfermedad grave que la condenaba y que habría sido la causa del gesto.
De todos modos aún no había ningun hallazgo y, por eso, ninguna certeza.
¡Pobre Sonia! Parecía tan llena de vida, sólo tres meses antes. ¡Que tristeza!
Quizá si la enfermedad ya existía. Siempre me lo he preguntado: ¿cúando empiezan las cosas? ¿cúando empieza aquel camino inexorable que lleva a un resultado determinado? ¿Quién sabe cuantas veces no lo sabemos,y sin embargo la cuenta atrás ya ha empezado.
A medianoche volví a poner la televisión para ver el último telediario.Ahora daban ya la desgracia como cierta. Había un parapeto desfondado de una calle que corría por una cresta cortada a pico sobre el mar, en lo mismo lugar donde la actriz había rodado una pelicula en la que se contaba de un accidente de circulación.Las búsquedas habrían vuelto a reprenderse el día sucesivo.
Mostraron también una escena de la película en objeto.En lo mismo precipicio la actriz y un marinero miraban hacia abajo con aire dramática y me acuerdo de que el marinero decía: “en este lugar el mar muy difícilmente restituye lo que se toma!”
El comentator dijo que aquella frase, rodada por la ficción escénica,había sido repetita casi integralmente por un auténtico marinero que habían entrevistado en relación a las posibilidades del hallazgo del cuerpo de la actriz. Era verdad: las corrientes en aquel lugar eran poco previsibles, y, de todas maneras transportaban mar adentro.Ahora ya no pensaba en un expediente. Estaba convencido de que la pobrecita estaba muerta de verdad.¿Pero cómo era posible?Sólo tres meses antes parecía dominar el mundo.
Decidì que quería saber más cosas. Al día siguiente iría a visitar a tío Alberto.
Capítulo II
Alberto
El tío Alberto en verdad no es mi tío pero, en realidad para mí es mucho más que un tío.
Era un amigo íntimo de mi padre y, cuando mi padre se murió, prematura y repentinamente, tío Alberto cuidó de mí. No tanto en el sentido material del término, aunque tengo que agradecerle su ayuda económica que me permitió terminar mis estudios, sino más bien en el sentido moral. En los momentos difíciles me ha echado sempre una mano: una presencia alentadora y sólida. Por eso, la nuestra es mucho más que una amistad y mi afecto hacia él es el de un hijo.
En la época de los hechos que estoy contando, Alberto Serviddio era un periodista famoso que iba por los setenta años. Uno de los nombres con garantía de independencia, profesionalidad y gran sensibilidad. No se podía definir una “opinion líder”1 sólo porque siempre había rechazado esta función que consideraba indecorosa, casi inmoral. Pero si un día se hubiera decidido a hacerlo , pienso que hubiera tenido un porvenir que ni él podría imaginar. Dede hace unos años que estaba teóricamente jubilado, pero el periódico que dirigió durante muchos aňos le había asegurado una oficina y una secretaria. Él seguía yendo a trabajar cada día y su despacho era el punto de referencia de todo el periódico.
Fui a ver a la secretaria, Virginia, que conocía bien y sempre me había mostrado gran simpatía. Le pedí que no me anunciara, para hacerle una sorpresa, y ella accedió. Una vez me dijeron que era la única persona a la que consentía estas confianzas. Para los demás, Virginia era una inflexible barrera protectora en defensa del doctor Serviddio.
Tío Aberto me acogió, como siempre, calurosamente, burlándose del hecho de que lo descuidaba demasiado. Era un juego de rol que nos divertía.
-Qué honor… el ilustre de médico viene a vernos; pero yo estoy bien…¿ Quién ha llamado al doctor ?Yo no- dijo mientras se dirigía sonriendo a los dos colegas que estaban en el despacho cuando llegué.
Me estrecharon la mano - les conocía de vista, pero no recordaba sus nombres- y por un rato charlamos del más y del menos .
Mientras charlábamos, yo miraba a tío Alberto, en perfecta salud a pesar de su edad. No era alto, o por lo menos no lo parecía , porque era corpulento: tórax robusto, hombros anchos que todavía daban la idea de fuerza y solidez. Tenía una gran cabeza y un rostro ancho y sonrojado que resaltaba gracias a sus cabellos blanquisímos que llevaba muy cortos. “Sino, envejesen” siempre decía, bromeando. Pero lo que más sorprendía era la sonrisa que a menudo le iluminaba la cara: una sonrisa franca y abierta, la de una persona serena que sabe y que quiere aprovechar lo bueno de la vida, y afrontar lo malo deportivamente. Había engordado sólo un poco en los últimos tiempos, y era normal con la vida irregular que seguía llevando. Nunca se había casado por eso seguía teniendo costumbres de soltero, casi siempre comía y cenaba fuera, y lo más peligroso era que le encantaba comer y beber bien .Vivía con un criado, viejo casi como él, que lo adoraba y lo cuidaba.
-Es una combinación perfecta - me dijo el día que le comuniqué que iba a Roma por algunos meses para seguir un curso en el Policlínico- tan perfecta que por un jovenzuelo como tú no puede alterar.
Luego aňadió sonriendo:
-Estoy bromeando, naturalmente, pero en realidad creo que para ti es mucho mejor que vivas en mi estudio, en Parioli2. Mira, yo soy viejo, aunque finja no serlo, y no quiero que tú te veas envuelto en una vida de viejos, y quizás te sientas obligado a hacerme compaňia. Soy feliz cuando te veo, ya lo sabes. Pero quiero verte cuando tú también quieras verme.¿ Entiendes?
Protesté un poco, explicando que me gustaba hacerle compaňia – y era verdad – pero fue firme, y así pues me establecí en su estudio, donde naturalmente , como él predijo, estaba maravillosamente.
Al final, los dos cronistas se fueron y nos quedamos solos.
Alberto me miró en silencio, después dijo:
-Me pareces cansado, jovenzuelo.¿ No estarás exagerando con el trabajo?
-Quizás– contesté – en efecto me siento cansado. Apenas pueda me iré de vacaciones.
-Muy bien (bien dicho). Podríamos ir a pescar juntos la próxima semana, ¿vale? Me tomo, yo también, algunos días y ……¡Nos vamos! Pero quizás la pesca no sean tus vacaciones ideales,¿verdad? Siempre olvido que no todo el mundo tiene mi edad.
Me miró en silencio un rato y luego:
- No, no puede ser sólo cansancio, seguro que hay algo que te preocupa.¿Qué pasa?
Sólo unos instantes de pausa y:
-Ya lo sé, Sonia Rama,¿verdad?¡Caramba!, entonces no era una broma, estabas implicado,chico. Lo siento.
-¡No! - repliqué enseguida – no, imagínate. Y no empieces a tomarme el pelo tú también, te lo ruego. Y, por favor no exageremos, no es verdad que esté implicado.Tal vez es sólo curiosidad, pero… tienes que comprenderlo Alberto- prorrumpí al final, exasperado – aquella mujer hace tres meses rebosaba salud: parecía que dominara al mundo y a todos sus habitantes. La verdad es que no puedo creerme ni que haya muerto, ni que estuviera tan gravemente enferma como para que en un acto de deseparación se suicidase. También es un fracaso para mis capacidades diagnósticas, la verdad, aňadí bajando la voz, incómodo por mi arrebato.
-Claro– dijo pensativo tío Alberto- algunas veces la muerte es muy extraňa y se lleva a quien menos imaginamos. Y tú tendrías que saberlo, por tu trabajo,¿no? Pero déjemoslo aquí.¿Qué quieres que haga? Que me entere, presumo.Bueno, creo qu es posible..Vamos a ver..., ¿a quién crees que podemos preguntar?
Se asomó a la puerta del despacho y llamó:
-Virginia, por favor,¿puedes llamar a Mike Donovan? No sé dónde está ahora aquel diablo de hombre, pero tú deberías tener todas sus coordenadas.
-Ahora, a esperar – dijo,derrumbándose en su sillón – Mike lo sabe todo, es un especialista del mundo del espectáculo y tiene una infinidad de canales de información .
Después aňadió con un tono más conciliador:
-Sabes,después de que me contaras tu aventura – despacio...despacio,no te sulfures:decía aventura en un sentido literal, no sentimental- ¿sabes?, decía, también yo he ido al cine a verla varias veces. Si, no te lo he dicho antes… no sé por qué. Me despertaste la curiosidad. Tengo que decir que tienes razón: tenía mucho glamour y talento.Interpretaba bien, nada que decir. A mí también me supo mal cuando leí la noticia.
Nos quedamos un poco en silenzio, pensativos. Evidentemente, los dos , a nuestra manera, recordábamos algo de ella.
Yo volvía a pensar en nuestro segundo encuentro, si así se podía llamar. Había leído en un periódico que la actriz estaba en Napóles para rodar una película, o más bien, para tener un primer contacto con los sitios que serían escenario de una parte de las vicisitudes. Había un gran cartel publicitario sobre la operación porque Sonia, según decían muchos cronistas, aspiraba al Óscar. Era una produción internacional,con figuras extranjeras entre los actores y un equipo técnico muy respetable. Pero no pensé, no sé por qué, que la actriz, por esta razón, pudiera volver a la ciudad y que tendría la ocasión de volver a verla otra vez.
Era domingo y estaba dedicando una maňana a mí mismo y a mi cuerpo, practicando un poco de jogging por el paseo maritímo en Via Caracciolo.No solía hacerlo nunca por aquel barrio porque el tráfico es tremendo y el aire está bastante contaminado. Pero cuando hay un poco de viento del mar y tienes la lucidez de hacerlo muy temprano por la maňana, entonces es delicioso: el aire salubre es un placer para los polmones, para la garaganta y para la nariz.¡Y luego la vista del mar encerrado por el espléndido golfo! Aquella maňana, eran las siete, alrededor del castillo del Ovo se había reunido un poco de neblina baja. Los colores pasteles, la calma del mar y el viejo castillo que salía de la niebla, parecían un cuadro, era como un gouache napolitano, que, la verdad, me parece haber visto también en algún otro sitio.
Había llegado a la altura del Hotel Vesuvio y ví que había una aglomeración delante de la entrada. En realidad era precisamente un círculo de personas que impedía la vista de lo que ocurría.Había los clásicos camiones grandes del equipo para las tomas cinemaográficas y personal técnico que trabajaba atareado, obstaculando el tráfico que iba creciendo.Algunas guardias municipales intentaban impedir que se creara un atasco,dirigiendo los coches en un estrecho pasillo que se había creado entre la gente. Estaba a punto de proseguir , porque no había asociado la escena a la posible presencia de Sonia, cuando la entreví mientras salía del hotel. Dos cameramanes la filmaban y un hombre, probablemente el director, se desbrazaba y gritaba cosas que yo no podía oír. Tuvo que pasar algo porque las tomas se interrumpieron de repente. .Sonia jadeó picada y enseguida alguien le trajo una silla y un sombrero de paja, que ella rechazó con modales bruscos. Yo ya me había parado, y despreocupado de estar baňado en sudor, miraba, a las espaldas del círculo de personas.Sonia miró a su alrededor y por casualidad nuestras miradas se encontraron. Me reconoció y sonrió divertida. Hizo un gesto que parecía decir “Mira, este es mí trabajo” y después, recordando la razón de nuestro encuentro, movió los brazos cruzandos empinando los codos de lado,en un gracioso gesto que parecía querer imitar las alas de un pájaro. Entendí inmediatamente que ella quería comunicarme que ya no tenía problemas con su costilla rajada.
Sonreí y le señalé con la cabeza confirmando que la había entendido.
Después nuestro mudo diálogo fue interrumpido por el director que se le acercó para confabular.
La multitud se movió y yo tuve que desplazarme.Estoy casi seguro de que,cuando el director se alejó, ella me buscó con la mirada , o por lo menos esta fue mi impresión.
Un equipo de técnicos, que estaba disponiendo un gran cable en el suelo, me seňalaron que tenía que desplazarme. Cuando volví a levantar los ojos, Sonia ya no estaba allí. Probablemente había entrado en el atrio.Empezaba a percibir el sudor que se me secaba encima de mi cuerpo y así pes decidí continuar mi pequeňa carrera.
El timbre del teléfono me desvió de los recuerdos y tío Alberto cogió el teléfono.
-Dígame …¡oh! Hola Mike…. How are you…. Yes….Fine.3
La conversación continuó en una mezcla de bilinguismo.Quizás Mike hablaba, o entendía, el italiano y los dos se divertían hablando en lenguas diferentes. En efecto al cabo de un rato tío Alberto, dejo de hablar, sólo lo hizo con monosílabos, y se limitó a escuchar lo que Mike contaba. Luego en un cierto momento se golpeó levemente la mano sobre la frente. Mirándome, y cubriendo el teléfono,dijo en voz baja:
-Discúlpame, no lo había pensado antes- y apretó un pulsante sobre el aparato. Se activó el viva voz y yo también pude escuchar lo que Mike decía, con un acento tipíco estadounidense:
-…y por lo tanto , you understand, todo el mundo está sorprendido. Martha, la hermana, está hecha polvo. No sé la causa, pero creo que se siente de alguna manera culpable. You know, tenían una relación especial los dos.Llena de complicaciones, pero estaban muy unidas. Es ella la que ha encontrado la nota y las radiografías. Ha huido, no se sabe donde, y no quiere ver a nadie: está demasiado turbada.Luego está el médico. Wait a minute, what is his name? Ah, doctor Parisi, Edoardo Paris. Ha confirmado, él tambien se siente responsable porque cree que ha sido demasiado franco y sincero con Sonia: eran amigos. También he encontrado a Randazzi, el productor. Está desesperado. No tanto por la muerte de Sonia, él, of corse, but because of its money! Dice que ya lleva gastado un montón de dinero para la película que tenía en proyecto con la Rama y Stephan Vladic: una pareja muy bonita,¡no hay nada que decir! A él todavía no lo he visto. Naturalmente se decía que estaban realmente juntos, pero esto no significa nada. Es parte del clichè publicitario: partners en la película, partners en la vida,así la gente se apasiona antes de ver la película. Pero es raro que no lo haya encontrado.En cambio no es raro que no haya encontrado a Dario Shenberg, el marido. Él está fuera del grupo hace ya un montón de tiempo.Es una mala persona, mucho mejor no encontrarlo….
-Y la nota– preguntó tío Alberto,sobre todo para interrumpir este río de noticias que interesaban relativamente -¿ qué estaba escrito en la tarjeta ?
-Mira, wait a minute …decía exactly “ Prefiero un final rápido y sin dolor.Adiós, Sonia”
-¡Lacónico,eh!- subrayó tío Alberto.
-Pero…quién sabe lo que se le ocurre a una persona en aquellos momentos. Además ella era un poco extraňa, you know. Hacía uso de drogas, todo el mundo lo sabía. Estaba a menudo fuera de sí. Alcohol también, sí, también. ¡Menudo personaje!.
-Mike,muchas gracias. ¿Si sabes algo nuevo me lo dices, eh?
-Pero, dime,¿ por qué te interesa tanto? Piensas escribir un artículo? Mira hombre que te lo puedo colocar muy bien..Imagínate, al gran Serviddio que se tiene entre manos nimiedades como las de una suicidio de una actriz.
-¡Anda no! Ningún artículo, te lo aseguro.Sólo curiosidad.
Te lo confieso: era un admirador suyo.
-Perfecto:¿puedo escribirlo?
-Pues, sí, claro que si.¡A quién le pueden importar mis gustos seniles!Adiós Mike.Gracias otra vez... Hasta pronto....Adiós y colgò al teléfono.
-¿Satisfecho? El jodido tumor de siempre que nunca deja de interrumpirnos, justo en el momento mejor.¿Cuándo decidiréis encontrar una solución? Os toca a vosotros,¿no?
Lo miré riéndome, en silencio. Pensando en Sonia. En fin era coherente con la idea que tenía de ella. No podía aceptar su enfermedad, me lo había prácticamente confesado.
Y luego, su belleza, la inevitable decadencia física...mejor “una muerte rápida y sin dolor”.
Pero ¿tirarse de un precipicio es de verdad sin dolor?
Quizás estaba exaltada, como insinuaba Mike. ¿Droga, quién sabe?
Tío Alberto me sacó de mis pensamientos.
-¿Y entonces, vamos a pescar? ¡Vamos, así te distraes!
-¡Vale! Nos llamanos el viernes por la tarde para confirmar. Tengo que cambiar unas cosas.Yo no soy un jubilado contento como tú.
-Tienes razón -se rió- sabes que me lo estoy pasando bomba. Hago lo que me gusta y cuando quiero.-¡Es una jauja!- y me acompañó a la puerta.
Fuera, en una acolorada discusión con Virginia que evidentemente los había paralizado, defendiendo nuestra privacy, había dos colegas suyos, con por las manos haces de galeradas y periódicos, que se contendían anteriormente.
Nos miramos y tío Alberto, con una cómica espresión en su cara y extendiendo las brazos, dijo:
-Cuando...me gusta!
No fuimos a pescar, simplemente por que nos olvidamos.
Al día siguiente empezaron las indagaciones. Los medios de comunicación pusieron, naturalmente,de relieve las imágenes del intento de la recuperación del coche. El precipicio era impresionante y el mar abajo hervía. En el telediario contaron que había habido diferentes intentos y sólo con grandes esfuerzos los submarinistas habían conseguido, por fin, enganchar el coche. Las imágenes colgadas a una grúa, oscilante como en una película de los años cuarenta, estaban en todos los periódicos del día siguiente y en todos los telediarios. Pero sobre el cuerpo no había ninguna huella. Creían que había sido expulsado fuera del coche durante la caída -las puertas estaban abiertas, de hecho-y arrastrado, quién sabe adonde, por el mar agitado y las corrientes que en aquel punto se sabía que eran muy fuertes. En el fondohabían pasado quizás más de cuatro días.
Por la noche, por un telediario, supe un detallle que no me parecía haber oído antes: el mal incurable era un tumor en el pulmón.
Llamè a tío Alberto.
-¿Es verdad?
-¿Qué?
-Tumor en el pulmón.
-Parece que si, pero ¿por qué, cambia algo?
-¡Anda!, yo a aquel pulmón le hice la radiografía apenas hace tres meses!
-Pero esto no quiere decir que...,¿de verdad?
-Claro...no quiere decir. Yo buscaba por otra parte; y luego los instrumentos eran de emergencia, y no de los últimos tipos y tres meses son tres meses. Pero...es raro.
-Vete a dormir Giovanni, vete a dormir y piensa en el domingo y a los peces que pescaremos.
-Aquel médico, ¿Cómo se llama?Parisi, Edoardo Parisi, me parece.Por casualidad, ¿tú lo conoces? y puedes hablarle? Quisiera saber algo más de èl.
-¡Qué dices! De verdad! Giovanni, están dando los números¿ Cómo podemos encontrar a este hombre? Y, luego ¿qué le decimos? ¿Cómo justificamos nuestro interés? ¿Crees que podemos decirle simplemente “pura curiosidad”? Pero ¿sabes que fuera hay un ejército de cronistas verdaderos e improvisados que por trabajo alimenta la enorme y famélica curiosidad de la gente? ¿Quién se lo explica que nosotros somos diferentes y que no debe echarnos fuera a patadas?
-Perdona, tienes razón.- estaba humillado- tienes razón. Ahora voy a dormir.Nos llamamos el viernes por la noche, como decidimos.
Pero no dormí mucho.No podía dejar de pensar en ello.
No comprendía si verdaderamente había una nota discordante en todo el asunto o si era yo que quería que estuviera para no cerrarla definitivamente. Por otra parte, me decía, me faltaban demasiadas informaciones, por esto no acababa de ver claro el asunto.Por ejempo:¿cuándo y quién había diagnosticado la enfermedad? Parecía que nadie lo supiera o por lo menos la prensa no lo mencionaba.Su hermana, a lo mejor, lo sabía. Y también el médico, aquel Parisi.
¡Mecachis! Fue una de las noches que,cuando ves la primera tenue luz del amanecer abrirse paso entre las cortinas, piensas “menos mal, ahora ya no hace falta que intente dormir “. Y naturalmente fue en aquel momento que caí en un sueño profundo e inquieto.
A la mañana siguiente no llamé a tío Alberto. Todavia, sentía vergüenza (estaba avergonzado) por las palabras que me merecí al teléfono. Decidí no volver a pensar en ello y me sumergí en el trabajo del hospital.Aquel día, el primario, estaba más odioso que de costumbre y nos hizo hacer muchas cosas inutiles, sólo por el gusto de imponérnoslas. Un colega, que siempre bromeaba comentó: “también esto es escuela.”Nosotros los médicos tenemos que ser tenaces en todo”. Durante la pausa de la comida, mientras estaba bebiendo un vaso de leche, sonó mi móvil.Era tio Alberto.
- No hagas historias y préparate para las cinco.Te recojo yo, díme sólo dónde.
-¿Pero adónde vamos?
-¿Cómo adónde?Al estudio del médico Parisi naturalmente.
-¡Hombre!¿Cómo los has logrado?
-Nada, lo llamé y le pedí una entrevista. Al principio su secretaría dijo que no podía. Luego cuando supo quien era se suavizó y se puso al teléfono.Quiso verificar que era yo quien hablaba y, por la gran consideración que tiene en lo que a mí respecta –así dijo, ¿sabes?- aceptó. Hoy a las cinco.
-¡No me digas! ¡Magnífico Alberto!Ya no lo esperaba, después de lo que dijiste ayer.
-¡Cállate! Que si me acuerdo de ello tengo escalofríos y lo anulo todo.
-¡No! no! Récogeme abajo de mi casa a las cuatro y trenta,¿vale?
-Bueno, vale. Recuerda que tú no eres un médico, sino un fotógrafo, mi colaborador. Traigo yo los instrumentos para la puesta en escena.De todos modos no los utilizaremos.
Capítulo III
Eduardo
Tío Alberto llegó puntualísimo. Abrió la portezuela del coche que ya estaba en movimiento y me hizo señas para que subiera a su lado, en el asiento de atrás.
! Venga ¡ Esto es el equipamiento que me dejó D’Errico. Ten cuidado porque tiene mucho valor, y lo quiere todo igual cuando se lo devolvamos.
Cogí la cámara fotográfica – una Nikon que me pareció un modelo nuevo e importante- eché un vistazo en el bolso donde estaban el flash, unos rollos, filtros y otros accesorios.
Esperemos que no tengamos que usarlos -dije – hace años que no hago una foto.
No te preocupes, es como una radiografía.-comentó – de todas formas no será necesario. Como se dice, es sólo una cobertura.
Tenía los ojos brillantes y una expresión concentrada y al mismo tiempo divertida que desde hacía mucho tiempo que no se la veía.
Pero, nos estamos apasionando- ¡vale! Has entrado en el papel.
Si , de verdad. Hace demasiado tiempo que llevo sentado detrás de aquel escritoio dandoconsejos a los demás , como si ellos vivieran y yo no. Jubilarse no significa renunciar a alguna pequeña ....
¿ Aventura? – Pregunté sonriendo.
¡Venga! Una aventura. ¿ Por què no?
Tardamos mucho tiempo para llegar al despacho del doctor Parisi que estaba al centro: Un centro que en aquel momento estaba intransitable. Faltaban cinco minutos para las cinco de la tarde cuando el taxi nos dejó en una calle elegante, a la entrada de un edifício de época muy bonito, rehabilitado y destinado a despachos para profesionales afirmados.
Una secretaria , sonriente y amable , abrió la puerta y nos acompañó a un pequeño salón. Seguramente no era la verdadera sala de espera que me pareció adivinar al final del pasillo, sino un saloncito importante para citas reservadas. El ambiente era sobrio y elegante. El olor de dinero se olía en cada mínimo particular del mobiliario. La verdad es que no molestaba, estaba todo muy estudiado, daba incluso una sensación de seguridad.
- ¡ Precioso!- dijó tío Alberto, mirando a su alrededor, divertido- Aprende Juan, así se hace el dinero. Mostrando tener mucho.
Alberto me tomaba el pelo porque en aquel tiempo, más que ahora, ya prefería considerar mi trabajo como una misión no como una profesión y odiaba a todo los que, en cambio, lo utilizaban como instrumento de poder y afirmación personal.. El doctor Parisi me parecía uno de éstos.
Nos recibió con las manos extendidas y apretó con afecto la de tío Alberto y a mí me saludo haciendo un gesto con la cabeza. Era un hombre maduro, cerca de los cincuenta – cincuenta y dos con precisión, lo supe después- y estaba en perfecta forma.física- Tenía el pelo entrecano, casi blanco en el sien.Una cara agradable con arrugas de expresión , ensalzadas con el bronceado, todavía vistoso ,y una sonrisa fascinante, intencionalmente cordial. Llevaba una bata blanca , abierta delante para mostrar su traje gris que también denotaba riqueza .Todo en él , su figura , su sonrisa, el modo de moverse , parecía estudiado para dar tranquilidar y confianza.
Era probable que fuera su máscara profesional, que llevaba con la bata, cada día en el horario laboral. Pero aquel día pasaba algo , una nota desentonada que destruía el castillo construido con fatiga. Eduardo Parisi estaba tenso, preocupado y asustado, y su miedo era casi tangible.
Nos sentamos en la sala y yo para darme seriedad empecé a atarearme con la cámara fotografíca .
- No querrá usarla ¿verdad? – Dijo muy nervioso el doctor Parisi .
- Perdone pero habíamos quedado que era sólo una pequeña entrevista.
Claro, claro, no se preocupe , no es necesario- Dijo Alberto , y a mi – Juan , déjala – pero despuès añadió con voz baja como si fuera una amenaza- por ahora.
Luego hablando otra vez con el médico :
- Yo no sé como explicarle y le confeso que siento un poquito embarazado porque , sabe, no es mi costumbre estar con los cazadores de noticias glotonas y suculentas para ofrecer los lectores. Así pues, en primer lugar quiero asegurarle que sólo lo que usted quiera ,será publicado, si es que se publica. En efecto no tengo intención de escribir un articulo. Más que nada necesito comprender como se han desarollado las cosas. Era un admirador de Rama , y de verdad me quedé impresionado de su dramática desaparecida.
-Lo entiendo, pero yo no puedo decirle mucho más de lo que ha salido en los periódicos. No sé mucho más : como seguramente sabe, no soy el médico que diagnosticó la enfermedad. Las radiografias las encontró Martha, su hermana, junto con la nota de su adiós. La verdad es que todo es un poquito extraño, porque era su mèdico y también su amigo desde hacía muchos años.
-Sin embargo – dijo tío Alberto – me dicen que en los ambientes informados se dice que usted se siente responsable. Pero ¿de què? Esto no está claro.
El doctor Parisi se puso un poquito nervioso por la pregunta y perdió su sonrisa.
en algunos ambientes se dicen muchas cosas ,si puede servir para ser noticia. A lo mejor han hablado tambièn de envidia profesional porque se había confiado con otro- añadió con una sonrisa amagra.
No, no he oído nada de esto- dijo tío Alberto, fingiendo que no intendía la ironía.
Después sin interrumpirse , añadió:
Pero, usted cuando lo ha sabido, digo , ¿que su paciente estaba enferma? Y ¿ por quién lo ha sabido?
Doctor Serviddio , yo también me siento en dificultad. Mire , por un lado querría serle útil y por otro me siento vinculado al secreto profesional . El hecho de que Sonia ha desaparecido, y con muchas probabilidades se haya muerto, complica más las cosas
Pero, claro está, que de esto ya habrá hablado con el juez que se ocupa del caso. No es posible que no le hayan preguntado cosas así.
Ya, claro, pero ... entiende , la policía es diferente.
¡ Sin duda ! pero es también menos afidable que yo. Si ha dicho algo , esté seguro de que la prensa lo sabrá enseguida. ¿ de dónde piensa que provienen las voces de las que le he hablado?
Después añadió con voz más persuasiva :
quizás si las cosas se supieran de una manera más soft. Escritas, quizás, por alguien que no tenga objetivos sensacionalistas...quizás el daño, si es que puede haber daño, sería más reducido.
Reconozco que en aquel momento la habilidad de tío Alberto conduciendo aquella polémica me llenó de admiración. Poco a poco entre un buen consejo y una ameneza, lo llevaba hacia el punto que se había prefijado. Después , pero, me vino la duda de que las cosas no eran así , quizás Parisi había decidido desde un buen principio desembuchar- Seguramente era aquel el motivo que lo había inducido a aceptar la entrevista: aprovechar el bolígrafo de un famoso periodista para aparecer en una luz mejor. En efecto si había razonado de esta manera, se había equivocado y había subestimado la agudeza de tío Alberto. Pero la polémica era necesaria, hacía parte del proyecto . necesitaba sólo decidir cúal era el momento más oportuno para ceder. En efecto,de repente, con un gesto que tenía que hacer pensar en una repentina decisión , Parisi dijo:
doctor Serviddio, ¿usted garantiza por su colega ? Sí ...el fotógrafo. No he entendido bien su nombre. ¿ puedo contar sobre vuestra discreción?- y después de una seña de conformidad de tío Alberto - ¡ Vale! Me fío. Porque mire , si esto se supiera de una manera equivocada , si se contara mal , tengo miedo decque mi carrera profesional podría sufrir repercusiones.
Pens ¡Ya estamos!
El hecho es –siguió con la voz de quien cuenta cosas muy reservadas- que he cometido una gran ingenuidad- no soy capaz de darme una explicación. ¡ con mi experiencia! Tengo una sola cosa a mi favor: Sonia era una maravillosa actriz, no sólo en el trabajo, también en la vida , y si quería lograba que te creyeras cualquier cosa. En este caso me ha engañado también a mí,.tiene que tener en cuenta que Sonia vino aquí, a mí despacho, hace unos dias , con un cuento muy extraño que ahora intentarè contarle. Aunque no es lo mismo y usted seguramente no me creerá, o casi, que yo haya sido engañado de una manera tan ingenua. En efecto, afirmaba que había encontrado recientemente, en condiciones dramaticas, a una amiga de infancia , que no veía desde hacía mucho tiempo, pero con quien estaba todavía en contacto. Ella la había buscado para pedirle ayuda, porque estaba muy enferma. No era sólo un problema económico. No tenía a nadie que le estuviera cerca , y por eso había pensado en ella. Temía que no le dijeran toda la verdad y que no la supieran curar adecuadamente. Sonia que era muy amable e impulsiva , pronto se ofreció para resolver el problema y le prometió todo el apoyo que su posición le habría permitido. Había pensado en consultarme a mi naturalmente, y le había prometido una cita. Para no hacerme encontrar del todo desprevenido, había pensado en sutraer , no vista, una de las radiografías que su amiga le había mostrado. No ría, dottor Serviddio, esto era típico de Sonia ;tenía ideas extrañas y las realizaba con mucha determinación e impulso: Fue por ello que no sospeché para nada: era su usual conducta . De todas maneras, me había tradio la radiografía y quería que yo visitara muy pronto a su amiga, enseguida, el mismo día. Naturalmente le dije que no había ningún problema y que podía venir cuando quisiera. Tiene que saber doctor , que entre sus amigos, todos estábamos un poquito enamorados de Sonia y no podíamos negarle nada. Pero un vistazo a la radiografía me hizo nacer unas dudas. En primer lugar el diagnóstico estaba muy claro. Claro está que se hubiera tenido que hacer otras pruebas, que, en este caso, no eran de mi competencia, ya que no soy un especialisca, pero, desgraciadamente, el destino de aquella pobre mujer estaba ya marcado.
Pensé , entonces, en lo que habría ocurrido : Sonia que se estaba embarcando en una cruzada sin esperanza, a la que se dedicaba en cuerpo y alma y de la que sólo podría obtener una depresión que le hubiera costado mucho salir de ella, ya que el resultado hubiera sido negativo. Tiene que tener en cuenta que Sonia no tenía una personalidad muy estable. Tenía continuemente crisis depresivas y de exaltación . Pero le ruego que no diga nada a nadie, habíamos hecho mucho para tenerlo escondido a los demás. Sonia había estado hace mucho tiempo en un hospital psiquiátrico con un famoso psiquiatra que no es necesario citarlo. Lo superó con muchas dificultades. Es la otra cara de la medalla: no se puede ser una actriz de su sensibilidad sin pagarlo en otras cosas. Aunque hubiera insistido mucho, sin ningún resultado, para que Sonia dejara el alcohol, Sónia bebía mucho y, creo, es decir, estoy seguro de que tambin de drogas. Intenté controlar la situación con la ayuda de Martha, pero tenía dudas de haberlo logrado. Volviendo a aquella mañana, viendo la radiografía, imaginando todo lo que le he dicho, pensé que era mejor ponerla en guardia para no darle dolor y frustaciones .Así le expliqué que la situación era seria y que seguramente no tenía muchas esperanzas, habré exagerado un poquito. Quizás fui demasiado explícito: Me acuerdo de que le diagnostiqué algunos meses de vida . Pero le aseguro de que no pensaba que lo hubiera dicho a una persona comprometida directamente, más bien quería protegerla desde un implicamiento demasiado fuerte. Hoy no soy capaz de perdonarme por no haber entendido que, en cambio, aquella fue una solicitud de ayuda . Un tentativo de tener una confirmación , arquitectado sólo como ella podía y sabía hacerlo y recitado como en una de sus mejores películtas.Y yo hice dócilmente el papel que ella me había designado . ¡ Qué locura!
El doctor Parisi puso los codos sobre sus rodillas , se cogió la cabeza entre sus manos y se quedó callado. Aunque no me fiara de él , tengo que reconocer que su dolor me pareció sincero. Pero , esto no escluye que había tenido en cuenta, también su interés personal en el hecho . Algunas personas nunca dejan de hacerlo.
Tío Alberto rompió el silencio:
- Entiendo- dijo – y también entiendo su dolor y sus preocupaciones.Si le puede ser de ayuda,
yo no creo que usted hubiera podido comportarse de otra manera.
Y al cabo de poco tiempo :
Entonces ¿ Estaba tan desesperada era la situación ?-y con los ojos tío Alberto me envió un mesaje que yo pronto interpreté como un “ ¿Descubrimos las cartas?.
Dije sí con la cabeza , y él siguió:
Porque , mire , doctor nosotros también tenemos que hacerle una confesión .Juan , aquí – y me indicó con la mano – no es un fotógrafo , sino un amigo mío muy estimado , un ahijado mío , diría . Él también es un médico, conoció a Rama hace tres meses en una ocasión extraña que ahora le ve a contar él mismo – y me hizo señas para que hablara.
El doctor Parisi se quedó de una pieza. Hasta entonces no me había tomado en la mínima consideración. Cuando descubrió que yo también hacía parte del juego, tuvo un momento de descontrol, al sentirse casi entre dos fuegos
¿Pero que dice? Usted me aseguró ..
Pero a mí no me importaron sus protestas a medio hablar y le conté todo lo que había pasado en el aeropuerto: la caída, las comprobaciones y la radiografía. Durante mi relato el doctor Paris se rehizo de nuevo y se relajó: quizás pensó que no era una trampa. Cuando terminé de hablar se levantó en silencio y salió de la sala para volver al cabo de algunos minutos con una radiografía en la mano que puso en el visor de la pared. Dirigiéndose a mi, me dijo:.
Sonia me había contado el accidente pero no me dijo todos los pormenores, quizás, porque no había tenido otros dolores. Y por lo que se refiere a la seriedad del diagnóstico, vea Ud. mismo, ya que es un médico.
Observamos todos en silencio.Sentía que Alberto me miraba sin hacerse notar para entender algo de mis acciones. Había poco de juzgar, el diagnóstico estaba muy claro. Me acuerdo de que comenté con voz muy alta
-¡¿Sólo en tres meses?!
-Cierto, es sorprendente-dijo Parisi-pero no imposible.
¿Del resto, está Ud. seguro de haber controlado con atención? A veces cuando se busca algo diferente...sería muy interesante confrontar las planchas. ¿Dónde la tiene?
Y en aquel momento me dí cuenta de que en todo aquel tiempo no se me había ocurrido hacer lo más simple,o sea ir a buscar la radiografía en el ambulatorio.
Como para justificarme a mis propios ojos, expliqué al doctor Parisi, que no estaba seguro de que pudiera encontrarla porque en el ambulatorio no había un verdadero archivio. En este caso, pero, estaba casi seguro de que la había puesto en el cajón pequeño del pequeño escritorio cerca de la sala de los rayos X. Parisi repitió que sería interesante confrontarlas y yo estaba totalmente de acuerdo. Le prometí que a la mañana siguiente la iría a bucar y que lo habría llamado. Nos dimos los números de teléfono. Le di también el mio porque el dijo que probablemente el día siguiente tenía un trabajo fuera de la ciudad y no sería fácilmente localizable. Me hubiera llamado él, porque por una cosa tan delicada prefería que no pasara por la secretaria. Estuvimos todos de acuerdo. Nos despedimos y después nos acompañó a la puerta.
Cuando llegamos a la calle, tío Alberto me dijo:
-Entonces, ¿Satisfecho?Creo que todo está bien.El tumor estaba ¿de verdad?Lo vi yo también aunque no entiendo nada de esto.
-Claro,el tumor está y también es evidente pero...
-Pero, ¿Que què? ¿Qué quieres ahora?
-Pero...no estaba la lesión en la tercera costilla a la derecha.
Hubo silencio, y tío Alberto me miró con sospecha
-Y ¿Qué signifíca?
-Signifíca que no es su radiografía y que el tumor pobrecito él, es de otra persona.
Otro silencio.
-Si no estaba enferma, ¿Por qué se mató?-dijo y mientras lo decía ví que entendía. Y yo dí cuerpo a su pensamiento y al mio:
-Quizás... ¡no se ha suicidado!
Nos miramos por mucho tiempo en silencio.
Capítulo IV
Gennaro
Estábamos sentados en un café cerca del palacio del doctor Parisi: Alberto me miraba muy preocupado mientras paladeaba su whishy con hielo. Yo me contenté con tomar un té frío.
¿ Por qué no se lo has dicho? estalló al final.
Parecía que estuviera enfadado conmigo, porque yo le complicaba las cosas.
¿ Por qué? Pero razona : si Sonia no estaba enferma y por eso no se mató, alguien tiene que haberlo hecho. Por eso el doctor Parisi se convierte en uno de los principales indagados.
¿ Por qué mostrar nuestras cartas? Al contrario, ya le hemos dicho demasiado, si no es tonto, comprendará sólo.
Pero, ¿ cómo puedes pensar a estas cosas? ¿ Entoncés todo el hecho sería un gran montaje para esconder el delito? La radiografía, el coche abajo en el precipicio, la nota…espera un momento: la nota! ¿ Cómo te la explicas? Eh, ¿ cómo te lo explicas eso?
Sabes, he pensado en ello, dijo lentamente, y hay una explicación posible. ¿ Recuerdas tú comentario cuando tu amigo nos leyò la nota? Dijiste: “ lacónico”.
Lo pensé yo también. Quizás una persona que se mate, no tiene mucho interés en dejar explicaciones….
Pero ella era una actriz, una primera actriz: ¿ como puede ser que haya ideado un adiós tan simple y reservado?
Puede ser. Pero supongamos que ésta no es la verdad y que aquel tipo de adiós no concuerda con el personaje, y supongamos que la nota lo ha escrito ella - esta hípotesis me parece necesaria porque creo que han efectuado una pericia caligráfica , o alguien ha reconocido el estilo.
Entonces, ¿ qué nos queda? Una sola posibilidad: que aquella nota ha sido escrita en otra ocasión y por otra razón.
Esperé un momento y después pregunté :
¿ Sabes imaginar otro motivo por el que alguien pueda escribir: “ Prefiero una muerte rápida y sin dolor. Adiós” ?.
Se quedó un rato en silencio, mirándome turbado y después de repente se iluminó y exclamó, casi gritando: ¡ Un amante! Un amante a quien no le gusta ser dejado. Seguro, podría serlo. Un corto drástico: “ muerte rápida y sin dolor”.
¡Mecachis! Podrías tener razón.
Si pero todo ésto no nos ayuda a resolver el problema. No tenemos ninguna prueba, sólo hípotesis. Nadie nos creería si se lo explicáramos. De todas maneras mañana voy a recuperar la radiografía, mejor que nada.
Aunque sólo está mi palabra de que se trata de la radiografía de Sonia Rama de hace tres meses.
¿ Qué estabas diciendo antes? Nos confundirían por depredadores que buscan notoriedad.
Tío Alberto no hablaba y pensaba a lo que había dicho.
Después acabó de beber su whisky y se levantó.
- ¡ Ven! - dijo- ahora necesitamos alguien competente.
Yo también me levanté de prisa, pagué la cuenta al camarero que viéndome levantado, se había acostado y fui afuera para alcanzarlo.
Lo vi mientras que intentaba parar un taxi.
- ¿ Adonde vamos?- pregunté.
A encontrar a Gennaro Improta, el viejo Gennarino.
- ¿ Quién es?
Un inspector de policía. Probablemente no está de servicio pero es siempre uno que entiende. A propósito, dáme tu móvil que el mio como siempre me lo he olvidado.
Cogió el móvil y lo miró como si fuera un objeto misterioso.
¿ Y éste cómo funciona ? No es como el mio…. ¡ y qué numeros tan pequeños tiene ! – dijo teniéndolo con el brazo tenso porque se obstinaba en no llevar gafas.
No, no es posible, hazlo tú- y me devolvió otra vez el móvil- quiero llamar a Virginia.
Cuando Virginia respondió, le pasé a tío Alberto el móvil en el momento en el que había parado un taxi. Entramos mientras que él hablaba.
Virginia necesito con urgencia saber la dirección y el número del móvil de Gennaro Improta. ¿Te acuerdas de él? Aquel amigo mio que trabajaba en la policía … exacto, él mismo. Por favor date prisa porque ya he cogido el taxi y no sé a que dirección tengo que ir…si, vuelve a llamarme al móvil de Giovanni…claro. Adiós.
Después dijo al taxista:
¿ Ha escuchado? Haga una vuelta mientras esperamos. Hagamos como si fuéramos unos turistas.
Por el retrovisor vi que el taxista lo miraba muy extañado.
Después se puso en marcha.
Mientras que esperábamos la llamada de Virginia, tío Alberto me contó: llevo una vida conociéndolo . Últimamente no nos hemos encontrado mucho. Es un napolitano auténtico de los que no se encuentran; y es muy bueno en su trabajo. Me dijo que habría hecho una carrera muy importante si lo hubiera querido, pero él no lo quería.
Algunas veces, hacen muchos años, fuimos a pescar juntos. Esperemos que todavía esté de servicio, porque recuerdo que tenía que jubilarse.
Sonó el movíl que di a tío alberto.
- ¿ Virginia has telefoneado? ¡Muy bien! No había pensado en preguntártelo. ¿ Qué ha dicho? ¿ Qué es su último día de trabajo? ¿ Una fiesta? ¡Ah! Le están organizando una despedida. Claro….¿ Qué? Ha dicho que lo alcancemos allí. ¿ Y dónde? La comisaría de calle…….-.y dijo un nombre que no entendí pero el taxista lo comprendió porque hizo un signo con la cabeza. ¿ La conoce?- le dijo tío Alberto- y después por el móvill: gracias, como siempre eres excepcional…… no, no lo digo, pero ya sabes que sin tí estaría perdido.
Me devolvió el móvil.
Cuando llegamos tío Alberto preguntó por el Comisario Improta y nos acompañaron a una pequeña sala donde entendimos que se había hecho una fiesta: unos vasos de papel por todas partes, unas bandejas con dulces y canapés, muchas botellas vacías y sólo alguna mitad llena.
Un grupo de personas, algunas llevaban uniformes, estaban cerca de un hombre de media talla, delgado, moreno, con el pelo entrecano que llevaba maravillosos bigotes a la antigua manera. Completaban el cuadro un corte de pelo al cepillo y un traje negro.
Cuando nos vió el hombre nos alcanzó con una sonrisa que le hacía resplandecer el rostro. Casi gritando dijo:¡ Alberto! Tu también te has acordado.
No de verdad, tengo que confesarte que ha sido una casualidad. De toda manera soy feliz de festejarte- respondió tío Alberto y se abrazaron calurosamente mientras los otros los miraban con curiosidad.
Os presento- dijo el comisario después de que se había alejado de tío Alberto- al grande Alberto Serviddio. El solo periodista digno de este nombre, de quien me siento muy honrado de ser su amigo.
Mientras tío Alberto, reía, la gente que lo había reconocido se acercó para estrecharle la mano. La estrecharon también a mi, aunque no sabían quien fuera. Una rubia que llevaba uniforme, que en verdad le quedaba bien, no obstante el pistolón le chocaba la cadera – me trajó un vaso de champagne, más bien, cava, viendo la etiqueta sobre la botella. Bebí, le sonreí y ella también, después juntos miramos a los demás que se despertaban calorosamente y reían de algo que no entendía porque no conocía los hecho a los que se referían.
Después tío Alberto, se acercó a mi y poníendome un brazo sobre mis espaldas dijo:
Éste es el doctor Giovanni Farnese, mi ahijado, del que a menudo te he hablado.
El comisario me miró con interés y simpatía y hizo mención afirmativa con la cabeza, mientras que se acercaba para estrecharme la mano. Luego se le acercaron sus amigos que empezaron a hablar al mismo tiempo. Tenía la impresión de que estaban borrachos, pero ésto no me sorprendía dado que habían bebido todas las botellas que estaban en la sala.
Con lentitud los invitados se fueron. La rubia se acordó de saludarme y esto me alegró. Al final quedamos el comisario, tío Alberto y yo.
Ven- dijo Improta a tío Alberto – tu también, y se encaminó tomando una botella de cava casi llena y algunos vasos.
Se dirigió a lo largo de un corredor, después subió algunos peldaños y luego percorrió otro corredor Toda la gente que lo encontraba, siempre lo saludaba calorosamente. Abrió la puerta de una habitación , cuya etiqueta dejaba entender de que se trataba del despacho del Comisario Gennaro Improta.
- Así la usamos por última vez- dijo encendiendo la luz y sentándose detrás de un escritorio bastante modesto.
- Vamos a ver, ¿ por qué estáis aquí?
Tío Alberto hizo una sintética introdución.
- Mira Gennaro, tenemos algunos elementos que no sabemos interpretar: se trata del caso de la actriz desparecida que interesa el público en estos días. La Sonia Rama, ¿la conoces?
Nos parece que haya nada extraño, pero no sabemos qué hacer. Es mejor empezar desde el principio y que Giovanni cuente los hechos dado que los ha vivido en primera persona.
Me hizo una mención con la cabeza.
Así por segunda vez, me encontré a contar toda la historia, desde el principio hasta el encuentro con el doctor Parisi.
Mientras hablaba, el comisario se vertía cava en el vaso de plástico blanco; lo ofreció también a tío Alberto que lo aceptó, y a mi que la tomé sólo por cortesía, pero no lo bebí porque estaba contando lo ocurrido.
Cuando acabé, hubo un rato de silencio y tío Alberto e yo, empezamos a mirar al comisario que en cambio parecía distraido. Después mirando el vaso que tenía entre sus manos dijo:
“Este champagne a mí no me gusta nada”.
Me quedé un poco estupefacto porque entendí que mi relato no le interesaba. A tío Alberto, le pareció todo normal porque inmediatamente respondió: “claro, bebido sin comer nada no es ideal.
Adémas este cava no es champagne aunque hay cavas que están a la altura de éste.
Pero si lo bebes junto con mariscos, con sauté o con pescado fresco, cocinado sin demasiado aliño también con arroz a la pescadora…..Seguramente es otra cosa”.
-Puede ser- fue lo que dijo Improta, y volviendo de repente al cuento dijo: “Querido doctor, no podemos pensar en un omicidio. Podria imaginar una burrada de diferentes hípotesis para justificar los hechos que me has contado, hípotesis que no implican un delito”.
¿ Por ejemplo?- dije un poco enfadado por su actitud.
“Por ejemplo, podría ser un modo para ocultar un suicidio que tiene motivos menos confesables, algo de vergonzoso, y es así que se inventan las enfermedades… Pero puede ser que la explicación es mucho más simple y que vuestro doctor Parisi en realidad se ha equivocado: o sea que la amiga enferma existe verdaderamente y Sonia Rama probablemente está con él en algun lado”.
La sensillez de esta hípotesis me confundió pero después pensé en el coche, en los escenarios que había visto por la tele.
-¿ Y el coche? ¿ Quién lo ha echado abajo en el precipicio? ¿ Cómo lo explica ésto?
Beh, podría ser un verdadero accidente. Pero, entendámonos, no estoy diciendo que sea así. Estoy sólo diciendo que todavía tenemos pocos elementos para llegar a una conclusión convincente, y yo he aprendido que cuando tenemos pocos elementos no conviene hacer hípotesis, sino buscar otros elementos. En caso contrario, la hípotesis que nos gusta más, probablemente falsa, puede influenciar la búsqueda de otros elementos y llevarnos al error.
Después de esta teoría investigadora, el comisario miró afligido el vaso de papel vacío que tenía entre sus manos y luego miró la botella, también vacía.
Tengo que decir que sus palabras me sorprendieron: ésto ocurre también en la medicina. Claro, las intuiciones diagnósticas existen, y un buen doctor tiene que tener intuición, pero sin hacerse condicionar; así como había dicho el comisario: “la indagación tiene que excluir cada duda”, ésto ya lo había aprendido en primera persona.
El comisario empezó a hablar: Bueno vamos a ver de qué elementos se trata.
Creo que la existencía de esta radiografía es segura, dado que Alberto me hace mención que no podemos dudar de esta. Pero ¿ Dónde está?
- Tendría que estar en el ambulatorio del aeropuerto, en el cajón del escritorio pequeño.
- Tendría ....¿ Entonces no está seguro?..
- No sé porque pero no he pensado en ir a cojerla.
-¡Tienes que hacerlo! Mañana. Es el único elemento seguro que tenemos. Porque, si esta es la radiografía de Sonia, la otra no lo es, a lo mejor hay alguns particolares que un examen más atento puede establecer la veracidad de una de las dos, es decir, sin referirnos a las lesiones que usted puso en evidencia hace tres meses.- ¿ Ésto puede confirmarlo doctor, de verdad?
Seguro, cada torax es diferente de los otros. ¡Pero no hay dudas! Sobre esta estoy segura: la segunda radiografía no es la de Sonia Rama.
Supongo que usted tiene razón. ¿ Pero no es mejor estar seguro? –y mudando el discurso- si luego llegamos al delito, tenemos el problema de descubrir al asesino.
¿ Quiénes son los actores de este drama? No estoy informado sobre el delito. Vosotros sabéis más que yo sobre ello.
- Sabemos poco- respondió tío Alberto- sólo lo que ha dicho un periodista, amigo mio: Mike Donovan. Es decir que: hay una hermana, Martha, un novio, como lo se quiere llamar, el actor Stephan Vladic, un productor y un marido, probablemente separado, y por último está el doctor Parisi. Pero pueden ser implicadas otras personas sin que nosotros sepamos quienes son.
Mira Gennaro, no hemos indagado, pero desde el momento que hemos sospechado, hemos hablado con los expertos.
Esta es la situacción, ¿ Te parece que no hay elementos para hacerse y hacer preguntas?
- ¡No he dicho esto!- lo repetí otra vez- ¡no he dicho esto! Y después un poco de silencio,
- Ahora es muy tarde, mañana voy a informarme con quien dirige la investigación.
- El inspector Romo - lo interrumpí - lo he leido en los periódicos.
Bueno, él no se da cuenta de nada. Lo llamaré mañana, aunque mañana tengo que ir a Nápoles para encontrar a mi nieta. Pero, puedo hacerlo por el móvil.
- Usted vaya a recoger la radiografía y esté en contacto con aquel doctor.
Es mejor que no lo haga yo. Por como lo habéis descrito, tendría mucho miedo.
Si hay novedades llámeme a este número –y lo escribió sobre un papel que había cogido en el escritorio.
Se levantó mientras que hablaba, y lo mismo hicimos nosotros. Nos dirigimos hacía la puerta y salimos fuera del despacio.
Apagando la luz, el comisario dio una última mirada nostálgica a su habitación y después, cerrando la puerta dijo: “no me despedirán de repente”.
Cuando estuvimos fuera del despacho, Improta dijo: “No creo que hoy haya comido”, ¿ Por qué no vamos a comer algo?, así podremos seguir hablando de esto.
Tío Alberto recordó que tampoco él había comido, así pues aceptó.
Yo rehusé porque tenía que estudiar para el examen de fin de curso, y tenía que prepararlo dentro dos dias, adémas quería ir a Nápoles, al aeropuerto para coger la radiografía.
Eh si – dijo tío Alberto- tu tienes que trabajar.
Nos despedimos.
El comisario me indicó donde podría encontrar un taxi.
Mientras que me iba, vi a tío Alberto poner su brazo sobre las espaldas del comisario y dirigiéndose hacía el coche, lo escuché que decía: “creo que esta noche te hago ver como se bebe champagne.
Champagne, he dicho, no cava!”.
Capítulo V
Stephan
Al día siguiente, por la mañana, no conseguí llegar al servicio de urgencias del aeropuerto hasta las diez y media. Desde lejos me dí cuenta de que había pasado algo raro, en el umbral de la puerta del ambulatorio había un policía que vigilaba la entrada. Rosa, la enfermera, me vió y me hizo señas para que entrase. El policía, tranquilizado, me dejó pasar.
-¡Han venido otra vez los drogados doctor!- me dijo Rosa turbada. Los drogados, así los llamaba Rosa, eran los hipotéticos autores de un robo que se había cometido hacía unos meses. Este nombre venía del hecho de que, después de haber desbaratado toda la enfermería, sólo habían robado la caja en la que estaban los estupefacientes.
Después de esta experiencia habíamos pedido una cajafuerte pero nuestra solicitud se había quedado encallada por la lentitud de los tiempos burocrácticos y todavía no la habíamos recibido. Como una primera solución habíamos encadenado la caja metálica con la cerradura a una de las vitrinas en la que estaba el equipo de los primeros auxilios.
Cuando llegué a la enfermería aquella mañana ví la vitrina, o lo que quedaba de ella, hecha a trizas. Habían roto la cadena – la verdad es que no era un gran que- y la caja había desaparecido. Dos policías vagaban por allí entre los escombros en busca de indicios.
Les dejé con su trabajo y me acerqué a lo que era mí escritorio, abrí el cajón y busqué entre los papeles la radiografía. Me dí cuenta en seguida de que no estaba allí. Sin embargo estaba seguro de que la había puesto en aquel cajón. Los policías seguían rebuscando mientras que yo reflexionaba. Oí la voz de Rosa que decía: -falta también una buena parte de jeringuillas de nuestras existencias-.
“También falta”, al escuchar aquellas palabras se me ocurrió una idea absurda. En el fondo también faltaba mí radiografía. ¿Y si esta vez se tratara de una cobertura? y ¿Y si el objetivo del robo fuera sólo la radiografia? Me vino un escalofrío y enseguida pensé en el doctor Parisi. A él le había dicho donde creía que la tenía. Me animé y telefoneé al comisario Improta.
-¡Comisario no está!- dije muy turbado tan pronto como contestó.
-¿Qué? ¿Quién es?-
Me dí cuenta de que había sido demasiado sintético y expliqué:
- Comisario soy Farnese ¿Se acuerda de mí? Nos conocímos ayer, con Alberto Serviddio.
-¡Ah sí sí!? ¿Y quién es que no está?
-¡Pues..., la radiografía!- y le expliqué lo que había encontrado en urgencias y le presenté timidamente mi hipótesis. Me asombró de que el comisario no descartara enseguida mi hipótesis como absurda y me preguntara:
-¿Se lo había dicho también al doctór Parisi dónde estaba?
-La verdad es que sí.
- Encuéntrele, llámele por teléfono, pero antes páseme a un policía, el más anciano.
Fui a buscar el policía y le dije que el Comisario Improta quería hablar con él. Con cara sorprendida me siguió; probablemente le extrañaba que un comisario jefe estuviera interesado en un robo de estupefacientes.
Mientras hablaban, yo pensaba:- ¿Es posible que Parisi haya sido capaz de hacer una cosa así? ¿Y por qué? ¿Había de verdad algo tan grave que la comparación de las dos radiografías podía desvelar?
El policía me hizo señas de que el Comisario quería hablarme.
-Es sorprendente que desaparezca justo el único elemento concreto que teníamos. ¿Se acuerda? Ayer observé lo mismo. Y esta mañama ese elemento desaparece. Aquí hay gato escondido. De todas formas apenas estoy libre vengo. ¡Usted no se mueva de allí!- y colgó.
Para substraerme de aquella confusión me aparté en el despacho anexo al departamento de Radiología. Intentaba poner en orden mis ideas, sentado en el escritorio, cuando la puerta se abrió de par en par y Rosa se precipitó dentro muy agitada:
- ¡Doctor está él! ¡Y se encuentra mal! ¡Doctor rápido!”
-¿Pero quién?- intenté saber de quién hablaba, pero no lo logré a tiempo porque la puerta volvió a abrirse y entró en el cuarto, un hombre gigante, con paso incierto como si estuviera borracho que no tardé en reconocer: era el actor Stephan Vladic.
Enseguida me dijo con tono agresivo:
-Asi usted es el Doctorcito que quiere tocarnos las narices. Me esperaba algo peor.-
Después con la clásica carcajada del borracho, añadió:
- Aquel desgraciado de allá fuera no dejaba entrar a nadie y por eso me he fingido enfermo. No me ha resultado nada dificil porque la verdad es que me encuentro fatal.-
Hablaba con la lengua pastosa y si fingía la verdad es que era un buen actor. Luego como si se acordara de algo importante, se me acercó amenazante. Yo me había levantado para enfrentarlo, pero en efecto tenía las de perder desde el principio. Me superaba en altura por lo menos de diez centímetros – y yo no soy bajo, un metro y ochenta y uno- además en aquel período me mantenía bastante en forma con el jogging y la natación. Pero lo que daba miedo era la masa muscular del pecho y del hombro que se entreveía bajo la ligera chaqueta de color de cuerda. Esperaba la agresión, sin embargo no fui capaz de esquivar nada , porque todo paso con una rápidez sorprendente. Me pegó un puñetazo que si me hubiese dado en plena cara, me habría devastado los rasgos, pero que por suerte, se paró a un centimetro de mi nariz. A decir verdad yo conseguí evitarlo, doblando la cabeza, pero con un instante de retraso, sólo después de que el puñetazo se había parado.
- Eso, para que entiendas – dijo siempre con voz pastosa – que si quiero puedo destruirte. ¡Ten cuidado!-
Nos miramos por algunos segundos, yo con la cabeza de lado en posición de defensa, y él siempre con el brazo tenso y el puñetazo amenazante.
Luego, de repente, tal como había llegado, se giró y pasando cerca de Rosa, que se había quedado todo el tiempo encantada en el umbral del ambulatorio, desapareció.
Rosa miró afuera, luego me miró a mí y dijo:
-Doctor, ¿Pero qué hace usted cuando no está aquí?-
Me senté en el escritorio y no respondí. En efecto tenía que cobrar aliento. Rosa se fue cerrando la puerta y yo me quedé solo.
Borracho, estaba borracho. Estaba bastante seguro de que no fingía, pero ¿quién le había dado mí nombre? Sólo podía haber sido Parisi. Pero la situación no cuadraba: si había sido Parisi ¿quién había hecho desaparecer la radiografía? ¿Por qué habría informado a otro del asunto y de mi existencia? Diciéndole incluao dónde podía encontrarme, para colmo. ¡Sin duda era una coincidencia! Evidentemente Parisi o no había entendido que ya no trabajaba en el aeropuerto, o había dado una impresión errada a Stephan cuando le había contado nuestra visita, la mía y la de tio Alberto. Y por pura casualidad yo había ido justo aquella mañana en busca de la radiografía.
¿O bien había sido Stephan que había robado la radiografía? Parisi le había podido decir también donde estaba sin darse cuenta. Entonces, ¿para qué descubrir el juego y amenazarme de manera tan evidente?
La puerta se abrió otra vez y yo me levanté rápidamente temiendo otra intervención demostrativa.
-¿Se puede?- era la voz del Comisario Improta - ¿Puedo entrar?-
- ¡Adelante! ¡Tome asiento!- dije aliviado – perdone, es que he pasado una mañana muy agitada.-
-Vamos a ver... He interrogado a los policías que están investigando y para ellos es lo que parece: un raíd para abastecerse. De todas formas no signifíca nada. La verdad es que hemos perdido el único elemento solido, por decirlo de alguna manera, aunque transparente,que poseíamos.- y me miraba con aire indagadora.
-Comisario, vamos a ver, si uted cree que yo me he inventado toda esta historia, por no sé qué razón, está totalmente fuera de pista.”
No me respondiò enseguida y siguiò mirándome. Luego, tranquilamente, dijo-
¡No, le creo! – y luego, al cabo de un rato – la historia es demasiado complicada para inventarla. He hablado con el inspector Raìno. Al principio se ha espantado creyendo, quizás, que quería quitarle el caso. Después se ha acordado de que estoy jubilado y se ha alegrado. Le gusta mucho aparecer en la televisión y en la prensa, y éste es el caso perfecto para ello. Para él el cuerpo no se encontrará nunca: aquel es un punto especial, hay mucha corriente. De todas manera él no sospecha nada y està convencido de que ha sido un suicidio. Lo he dejado con su convinción. Para justificar mi interés he sacado a colación a un nieto que es un fanático de la Rama y que està en busca de informaciones. No estamos muy lejos de la verdad, ¿No?
Le fulminè con mi mirada, pero fingió que no se daba cuenta.
-De todos modos he obtenido algo nuevo del coloquio. El marido de Sonia Rama, un tal Dario Shenberg, es un granuja: estafa. Además es un violento: ha sido detenido dos veces por riña, pero enseguida lo han dejado libre por la intervención de su mujer. Hablando he comprendido pero una cosa interesante. Raìno me ha dicho que un detective privado de un seguro, uno a quien ya he conocido en otra ocasión, quiere verlo. Se ha sabido, pues, que hay un seguro de vida por en medio. Cuando se ha dado cuenta de que me estaba diciendo cosas del caso que solo él podia saber, aquel tonto de inspector ha intentado darme las largas pero el daño ya estaba hecho. Aquel detective es hábil, y sobre todo muy caro: si la compañía de seguros lo ha contratado significa que hay mucho dinero en juego. No he conseguido saber aún quienes son los beneficiarios, pero lo conseguiré....
Sus palabras fueron interrumpidas por la entrada de Stephan Vladic, que volviò a catapultarse. Esta vez Rosa no había conseguido adelantársele y le seguía detrás.
-He olvidado decirte otra cosa – dijo con su voz pastosa.
Viéndolo aùn más inestable que antes y temiendo que se liase, me di prisa en levantarme e interrumpirle, para presentarle al Comisario:
-Este es el.....
-Dr. Improta, de la ediciòn vespertina del “Giornale”- me interrumpiò a su vez, levantándose y fulminándome con su mirada, ignaro de lo que provocaría con su hallazgo.
-¡Ah, otro chacal! Has llamado refuerzos, ¿pues? – exclamò el actor.
-¿Pero, que dice? – respondiò el Comisario, con mala cara -¡Modere su lenguaje! Los dos se enfrentaban y el conflicto era mucho más evidente que en mí caso, porque el Comisario era más bajito.
-Pues todavía .....no has entregado el mensaje a tus amigos –exclamó furioso Stephan, cada vez más exaltado y borracho – es mejor que lo haga yo.
Y con mucho terror entendí que estaba a punto de hacer la misma broma que me había hecho a mi. Me eché sobre él para detenerlo, pero todo se desarrollò con increible rapidez. Stephan tampoco llegò a extender todo su brazo con el puño cerrado. A medio camino la mano se abrió y cambió de dirección dirigiéndose, con la otra mano, hacia su bajo vientre. Stephan se puso morado y se cayò de rodillas comprimiéndose la ingle.
Había occurrido que, de repente el Comisario, había levantado una pierna y le había dado un patada, justo allì donde nosotros, los hombres, somos más vulnerables. Recuerdo que a la vista, vi la cara indignada de Rosa, que había seguido toda la escena mirando desde la puerta. Aquella escena aparecía asì: Stephan de rodillas, que seguía comprimiéndose el abdomen y casi casi no podía respirar, y el comisario que daba vueltas a su alrededor.
Le oì murmurar-
Tú serás un atleta, hijo mio, un acrobata, pero yo.... ¡he aprendido en la calle!
Y, puesto que Stephan no daba señales de reponerse, mucho más por la borrachera –creo yo – que por el golpe recibido, añadiò dirigiéndose a mi:
- Dr, pero éste exagera. Yo no lo he golpeado tan fuerte, me he mantenido. ¿No sería mejor echarle un vistazo?
Y asì al final tuve que inspeccionar las partes bajas del famoso actor Stephan Vladic, ídolo de las mujeres de aquellos tiempos. Rosa se mostrò muy atenta y profesional y me ayudò escrupolosamente. Me dio a entender, con su mirada fulminante, que por nada del mundo renunciaría a aquella ocasiòn.
Cuando Stephan se repuso, después de vomitar hasta las tripas, y consiguiò levantarse de pie, me dí cuenta de que él no podía irse solo. El Comisario seguro de que su victima sobrevivía, me saludo, diciéndome que no podía faltar al almuerzo de la primera comunión de su nieta. Se jugaba su reputación de abuelo y no se le habrían perdonado. Me encargó que buscará a Parisi.
Nos habíamos quedado yo, Stephan y Rosa que lo cuidaba cariñosamente. Le pregunté:
-Cómo ha llegado hasta aquí?
-En avión-, fue la simple respuesta.
-Si, lo entiendo.¿pero cómo piensa irse de aquí y qué quiere hacer? ¿Que intenciones tiene?
-No sé. Creo que tendría que ir alhotel y descansar un poco. Estoy en el Vesuvio, en el apartamento que la produción ha reservado como base de apoyo para las filmaciones.
Después del golpe, y después de haber echado todo el alcohol que tenía en el cuerpo, parecía como vacío y, de todas maneras, más remisorio.Antes, mientras lo examinaba, me había dado cuenta de un hecho raro: Stephan era muy tímido. No obstante sintiera todavía dolor, había insistido mucho en no quitarse los pantalones. Me había preguntado con espanto si corría algun peligro, y yo le había asegurado. En aquellos pocos minutos nuestro relato había cambiado radicalmente, si uno recuerda del modo en que había empezado hacía tan sólo una hora.
-¿Quiere que le acompañe? Tengo coche- le dije.
-Sí,gracias, me gustaría mucho porque todavía no me encuentro muy bien.
Rosa me pareció satisfecha de la solución y consideró que yo era bastante seguro para confiarme a su protegido. Así pues saludé a todos y nos encaminamos para el aparcamiento donde había dejado el coche al volver de la estación.
Stephan caminaba lentamente, arrastrando ligeramente la pierna derecha. Yo me adapté a su paso y por poco tiempo andamos en silencio
-Es mi deber pedirle perdón. Me he comportado muy mal- dijo a un cierto punto- pero estaba borracho. El hecho es que este asunto de Sonia me ha turbado.
Le dije que no tenía que preocuparse y que lo entendía perfectamente. En el fondo, el único que había salido perdiendo era él, gracias al comisario, pero eso no lo dije.
Reconozco que mí oferta de acompañarle no era totalmente disinteresada. El hecho es que estaba completamente implicado en aquel caso y quería saber más. Aquella me parecía una ocasión irrepetible para interrogar a uno que conocía a Sonia muy bién.
En el coche de todas maneras no hablamos, Stephan, que había apartado el asiento hacia atrás, para tener más espacio para sus largas piernas, cerró los ojos y dormitó casi todo el camino. Cuando llegamos al Vesuvio, pero, estaba despierto.
-¿Te importa acompañarme?-dijo, tuteándome de repente- quisiera hablarte . Puesto que también era mi deseo, consentí de buena gana.
La produción, como había dicho él, lo había tratado muy bien y le había reservado una suite con saloncito, gabinete y mirada sobre el luminoso panorama del golfo. El mar, agitado, atacaba los bastiones de Castel del Ovo, levantando majestuosas columnas de espuma. Teniendo cerradas las ventanas, el ruido del tráfico era casi inexistente y las imágenes del panorama, contornadas por amplias ventanas, parecían cuadros en movimiento.
Stephan fue al baño pero volvió pronto y dijo:-Todo bien, me parece. ¿me confirmas de que no arriesgo nada, ¿verdad?- y a la respuesta mía con un ademán que lo aseguraba, dijo
-tengo un poco de hambre. ¿Pedimos algo para comer?
Nos pusimos de acuerdo para pedir una chuleta con patatas y ensalada; Mientras que él lo encargaba por teléfono mientras yo salí al balcón para gozar de la vista y del viento fresco que venía dal mar. Me senté sobre la balustrada. El tiempo estaba mudando. Durante toda la primera mitad del mes de octubre parecía que el verano no nos quería dejar. Ahora estaban preparando los primeros anuncios del invierno. Había oído por el noticiario que se preveía una notable bajada de la temperatura. Stephan se me acercó, y por un poco de tiempo nos quedamos en silencio mirando el mar agitado que atacaba la escollera. Luego Stephan dijo -querría intentar explicarte porque me he comportado de manera tan idiota esta mañana. Mira, yo conocía a Sonia desde hacía muchos años; la conocí en la escuela de recitación, imagínate. Y inmediatamente me enamoré.
Ahí está otro, pensé. Estaba en buena compañia. Ahora que la borrachera le había pasado. Me di cuenta de que hablaba un italiano perfecto, más bien que perfecto, en el sentido de que no tenía alguna inflexión dialectal, y esto era raro. Había leído que era polaco de nacimiento, pero seguramente había vivido por mucho tiempo en Italia.
-Pero ella siempre me ha tenido lejos, -siguió Stephan -Amigos, colegas pero nada más. Te parecerá ridículo: a mí que todas las mujeres me consideran su ídolo, rechazado por la única mujer que de verdad me ha interesado. Pero quizá es normal que sea así. Su desaparición me ha arrojado en un estado de prostación: he vuelto a beber. Lo había dejado, y había sido duro para mí. Hace tres días que prácticamente no como y bebo tan sólo. Estaba en este estado ayer por la noche cuando me llamó Eduardp- No entendí mucho lo que me dijo, y me gustaría que tu me lo explicaras mejor. Ayer sólo entendí que había una persona que se quería aprovechar del caso y enfangar la memoria de Sonia. Me sorprendió que nombraranel ambulatorio del aeropuerto de Nápoles, porque la mañana después precisamente tenía que venir a Nápoles para un encuentro con los técnicos de la troupe. Quizás tu no lo sepas pero aquí todo sigue igual como si no hubiera ocurrido nada. Para empezar porque sería demasiado caro parar a una máquina como ésta que ya ha arrancado, en segundo lugar porque todo esto es publicidad y aún gratuita y en tercer lugar porque aunque Sonia esté muerta eso no les importa: van a encontrar otra. Hay que terminar la película. Ahora puedes entender porque esta mañana me has visto llegar a tu ambulatorio en tal estado. No sabía qué hacer. Quería hacer algo por ella, por lo menos eso, ¿comprendes?
Dije que comprendía. Y en efecto era verdad. ¿No estaba haciendo lo mismo yo también?
-La verdad es que- prosiguió Stephan- yo no consigo resignarme. No puede estar muerta. No estaba enferma me lo habría dicho, estoy seguro de eso- y después de un rato, tristemente- no quizás no. Es posible que no me tuviera mucho en cuenta como sosteño moral.
Llamaron a la puerta y entró un camarero empujando un carrito sobre el que estaba nuestra comida. Colocó todo lo que había sobre una mesilla que estaba cerca de la ventana y se fue cerrando la pueta con discreción. Stephan estaba todavía perdido en sus consideraciones autolesivas y yo para que se tranquilizase le propuse contarle mí historia que al final sostenía sus precedentes afirmaciones. Estuvo eschuchándome con atención, mientras comíamos, pero sobre todo después del primer vaso de vino. Cuando llegué al punto de la radiografía que nos había enseñado Parisi y cuando le dije que había observado que faltaba la lesión de la tercera costilla derecha dijo la misma frase que había dicho tio Alberto.
- ¿Y qué?
Le expliqué mí teoría y él me pareció, primero incrédulo y luego horrorizado.
-¿Asesinada? ¿Pero qué dices? ¿Y por quién?
-Eso no lo sé, ni siquiera sé el movíl y al final, como dice Improta, tampoco estoy seguro de que sea verdad.
-¿Y quién es Improta?
- Creo que te acordarás de él por mucho tiempo- dije mirando su bajo vientre- en efecto es un comnisario de policía jubilado a quien he confesado mis sospechas.
- ¡Ah! Ahora si que comprendo: es un profesional. ¡Que bellaco! Yo sólo soy actor- fue su increíble comentario.
-Oye Stephan- dije, tomando una decisión que desde el princípio me rondaba por la cabeza – yo no sé si mis sospechas son verdaderas o si me he imaginado todo pero estoy seguro de que no puedo dejar las cosas así. ¡Quiero saber! Pero como tú muy bien has dicho si la muerte no es natural si no es un suicidio, entonces hay un asesino. Alguien que lo ha proyectado todo y espera salir indemne. Alguien que la conocía bien, que tenía un plano y la posibilidad de realizar toda esa puesta en escena, yo no conozco vuestro ambiente; sólo se lo que he leído en los periódicos, tu en cambio, tu los conoces... ¿ quién fue?
Me miró con ojos turbados, la idea de que alguien que el conocía fuese el cupable sólo se le había ocurrido después de mí pregunta directa. Luego ví que empezaba a pensar, podía hasta seguir sus razonamientos y las esclusiones que el hacía en seguida. Al final se alumbró- Dario- dijo y luego reflexionando- aunque nunca hubiera creído que pudiese proyectar un plan tan complejo, es un granuja pero no tiene dos dedos de frente.
-¿Y entonces quién?- le hostigué. Se quedó en silencio.- Oye- añadí, después de unos minutos –no tenemos que encontrar la solución ahora mismo. Hay que indagar, pero yo no puedo porque no los conozco, no puedo ir a ver a cada persona diciéndole: perdone quisiera interrogarle sobre la muerte de Sonia Rama. Me hecharían a freír morcillas. Porque no me ayudas y me los presentas ...las personas que pueden estar liadas entiendo...y luego veremos.
Ya había decidido que Stephan no estaba implicado. Su comportamiento había sido demasiado ingenuo y abierto y su sorpresa, cuando le había contado mis sospechas, me había parecido auténtica. Por tanto podía confiar en él y usarle para conocer a los demás. Pareció entusiasta de la propuesta y se alumbró como un chichito. Nos intercambiamos los números de teléfono. Le expliqué que tenía que volver a Roma por la noche porque la mañana después tenía el test final del curso de especialización. Todo lo que había ocurrido me había distraido totalmente de mí examen, pero sería una tonteria renunciar a tres meses de trabajo ¿y por qué?. Me dijo que me llamaría al dia siguiente y nos dejemos con aquella cita. Tomé el coche que había dejado en el aparcamiento del hotel, lo llevé a mí casa y desde allí llamé un taxi para ir a la estación. Pero mis esperanzas de llegar de prisa a Roma se disolvierons. Había una huelga de los autónomos y no salían todos los trenes. Al final llegué a mí casa, en Roma, a las dos de la noche, demasiado cansado para que pudiese hacer cualquiera cosa. Me tumbé en la cama y me acosté.
Capítulo VI
Dario
La mañana siguiente me levanté muy temprano. Quería por lo menos una hora para dedicarla a la rilectura de la tesina. A las ocho ya estaba en la entrada del policlínico. Me paré un rato en el quiosco para comprar los periódicos y me quedé de piedra leyendo un título al final de la primera página que remitía a un artículo en el interior: Se suicida el médico de las estrellasde cine .
Busqué de prisa el artículo: Edoardo Parisi había sido encontrado muerto con un tiron en la sien, en su estudio. Estaba sentado en el escritorio y, por lo que parecía, el arma que había disparado era suya. En ella se había podido sacar una sola serie de huellas: las suyas.
El artículo recordaba la vicisitud de Sonia y el transtorno del médico quien había hablado con más personas porque se sentía de cualquier manera responsable por la desaparición de la actriz. La hipótesis del suicidio no se ponía en duda para nada.
Llamé enseguida a tio Alberto:
¿has leído los periódicos? –
¡tal vez has olvidado que yo también los escribo, los periódicos! Lo sé desde las 5 de la mañana.
- ¿y por qué no me has llamado? – dije asombrado y un poco ofendido.
- ¿cómo que por qué? – Pero te has olvidado de que hoy tienes que examinarte? A propósito, ¿dónde estás? ¿no habrás renunciado?
– No, estoy en el policlínico. Pero...¿qué está ocurriendo Alberto? Para mí Parisi no es para nada hombre de suicidio por sentido de culpa.
– Estoy de acuerdo. Ya he puesto a investigar a Gennaro. Ahora creo que él también se ha convencido que hay podredumbre. Pero tú piensa en tu examen. No puedes echar por la borda todos los esfuerzos que has hecho. Volveremos a hablar de esto por la tarde.
– Vale, pero no te preocupes, estoy tranquilo.Además, el examen es sólo una formalidad. Ahora me voy , te llamo luego. Pero tú, te ruego que recojas todas las informaciones que puedas. Si no es un suicidio, hay un loco criminal en libertad que se tiene que detener
De hecho no fue sólo una formalidad; me pasaron por el tamiz. Pero me las apañé, gracias al duro trabajo que había hecho durante esos meses. Además, a menudo he averiguado que en los momentos difíciles mi rendimiento mejora: Cuanto más desfavorables son las condiciones, más me concentro y estoy lúcido y, sobre todo, determinado.
El presidente de la comisión me hizo comprender que, si quería, tenía la posibilidad de trabajar en su equipo. En otro momento la cosa me hubiera llenado de felicidad, era un grupo muy cotizado a nivel internacional. En aquel momento no me impresionó mucho, se lo agradecí y contesté con vaguedad que lo llamaría. Ellos pensaron que ya tenía quién sabe qué propuestas, en realidad yo quería sólo salir lo antes posible de allí y llamar a tío Alberto y al Comisario.
Pero cuandoestuve libre y volví a encender el móvil, sonó enseguida. Era Stephan:
-¿Por qué tienes el móvil si nunca contestas?
-Discúlpame pero tenía un examen, ¿Te acuerdas?
-¡Ah, si! ¿Cómo ha ido?
-Bien. Milagrosamente – añadí – teniendo en cuenta del cansancio que tengo.
-Estoy contento, doctor – dijo. Parecía sincero.
-¿Te has enterado? – pregunté enseguida, con un tono de conspirador.
-Si, me he enterado y me parece increíble – dije.
-¿Cuándo lo encontraste te parecía tan desesperado? – y a mi negación – Lo creía. Por los demás también yo lo oí por teléfono y, aunque estaba eufórico, me daría cuenta de algo. Y además él no era el tipo. Giovanni, yo no creo en este suicidio.
-Y luego como si de repente se hubiera acordado de la causa de su llamada:
-Estoy en Roma otra vez, ¿Lo sabes? Hice una simple presencia en la reunión con el director de cine y después, con el pretexto de que estaba demasiado asolado por la muerte de Edoardo, me fui y regresé a Roma. ¿Y sabes quien me ha buscado hace una hora? Dario, si él, y quiere verme. He quedado con él aquí en mi casa a las cuatro. ¿Por qué no vienes? Es una ocasión para interrogarlo.
Dije que iría y le pedí que me explicase dónde estaba su casa. Me explicó que tenía un piso con muebles en un Hotel en el centro.
-¿Pero tú vives en un hotel?, ¿No tienes casa? –
Pues, sabes, para como vivo yo. O mejor, la tengo una casa, pero no aquí en Italia, en Polonia, cerca de Varsovia: allí vive mi hermana con su marido. Yo voy de vez en cuando: una vez por año, en el período de la Navidad, para saludar a mis sobrinos.
De hecho, aquel acento perfecto me había hecho olvidar que no era italiano. Nos saludamos y terminé la llamada para telefonear enseguida a tío Alberto:
-¡Hola! ¿Noticias?
-Antes las tuyas. ¿Cómo ha ido?
-Bien, muy bien. He aprobado el examen.
-Magnífico, luego festejaremos. Hete aquí las noticias. Todo el mundo piensa que Parisi se ha suicidado. No creen que alguien le haya puesto una pistola en la sien sin que él reaccionara. Estaba sólo en el despacho, que ayer estaba cerrado. Quizás haya regresado por la noche de donde había estado – no se sabe donde – y haya ido directamente allí, no se sabe por qué. Ha muerto al instante. A propósito, nadie ha hablado de la radiografía. Por lo tanto no sabemos si ha desaparecido o algo así. Gennaro ha dicho que ntentaría informarse con discreción. Sabes no quiere despertar curiosidad que luego no tendría capacidad para satisfacer. Porque como siempre, ¿Qué tenemos como pruebas?
Nada, lo sé,nada!-exclamé desconsolado.-pero yo también tengo algo que contarte.He trabado amistad con Stephan Vladic.La cita habίa empezado mal, luego te cuento,pero después nos hemos familiarizado.A mί me parece un buen chico,más bien un trozo de pan.Le he contado lo que es suficiente para interesarlo en la investigaciòn.
Pronunciando esa palabra me sentí un poco ridίculo,pero en el fondo era una verdadera investigación.
-Me ha prometido-continué-introducirme en el ambiente para concer a los varios personajes que podrίan ser implicados.He quedado a las 4 con él y Dario Shenberg......justo él,su marido.
-Vale-dijo-yo en cambio he quedado con Don Gennaro por esta tarde a la hora de cenar.Me va a contar que ha descubierto.Por qué no vienes tú también?
-Dime donde vais y os alcanzo,si hago en tiempo.Ahora no tengo otros exámenes y por eso puedo permitirme un poco de francachela con dos viejos impenitentes.
Rió y me dió el nombre del local;era famoso por la calidad y los precios altos.
-Querίa ofrecer yo-dije-para festejar ,pero he cambiado idea.Cada uno que pague lo suyo.
Fui a mi casa para cambiarme-para el examen me habίa vestido de persona seria-y a las cuatro menos cuarto puntual estaba en la hall del hotel de Stephan. El conserje habίa sido informado y me hizo subir enseguida a la habitaciòn.
Stephan me recibiò con mucha cordialidad.Me ofreciò algo de beber pero él no tomó nada.Me explicó que querìa recobrar el control de la situaciòn.Luego me contò que habίa intentado ponerse en contacto con Randazzi,pero estaba en los Estados Unidos,en Boston,y por eso ,a menos que yo no quisiera coger el avión con él para ir a a entrevistarlo,tendrìa que aplazar.Luego me contò la llamada de Shenberg:
-Ambiguo-dijo-como siempre por lo demás.Me ha preguntado si creίa en el suicidio de Sonia,y eso me ha hecho sospechar.Pero cuando he intentado profundizar se ha vuelto vago y ha dicho que preferìa ir a visitarme personalmente.Naturalmente no le he dicho que tu venías, si no no hubiera venido.Tenemos que inventarnos algo para justificar tu presencia.
– ¿Qué dices de una verdad parcial? Soy un médico, amigo tuyo que ha venido para ver que tal estabas porque no te encontrabas muy bien.
– Vale, pero preferiría no hacer mención sobre la vicisitud de ayer por la mañana. – ¿Qué piensas de eso? - y después de mi ademán de asenso. – Sin embargo, ocurre encontrar una motivación que justifique tu presencia en nuestra conversación. - ¿Por qué no te echo de aquí? – y después de poco..- Tal vez haya encontrado una solución: por nuestras relaciones, si le digo que no confío en él y que quiero un testigo en nuesto diálogo, para mí que no va a parecerle para nada extraño.
Nos acordamos así.
Me tocaba a mi, ahora, contar los hechos. Ya confíaba en aquel trozo de pan todo músculos y por eso le dije, sin confesar la fuente, lo que supe por tio Alberto.
– Acababa de terminar mi relato cuando nos advertiron que el Señor Shenberg estaba subiendo. Nos preparamos a recitar nuestra parte.
Dario Shenberg era un hombre que iba hacia los cuarenta con una cara de cine: de aquella belleza que en el fondo desentona un poco en un hombre. Tenía la piel morena pero, raramente, delicada. No se ponían imaginar pelos de barba en esa piel, de hecho era totalmente glabro. De complexión media, físico seco y movimientos animales. Tenía dos ojos negros y profundos que me examinaron con mucha atención cuando Stephan me presentó en la manera que habíamos decidido.
– Tiene que quedarse, imagino. – fueron sus palabras.
– Lo prefiero – contestó Stephan.
Fue suficiente para él. Stephan nos invitó a una copa y él no rechazó. Yo también tomé algo, estaba como un flan.
Al cabo de un rato, fue él que trató del argumento. –
Ves, Stephan, no creo para nada que Sonia se haya suicidado.
- ¿Y por qué? – preguntó Stephan.
– Porque...porque me lo siento; no era el tipo. Yo la conocía bien, en el fondo.
- No!nunca la has conocido- respondió Stephan – tu sólo y siempre has aprovechado de ella.
Los dos se enfrentaron hostiles. Fue Dario quien por primero dió un paso detrás y continuó hablando como si nada hubiera pasado:
- Yo estoy seguro de que se trata de un accidente y querrίa que me ayudaras a demostrarlo. El suicidio es un montaje del tonto de Parisi. Y él se ha disparado porque ha entendido que todo estaba saliendo a la luz, más que remordimiento.
-Y por qué? – continuó preguntando Stephan.
- Lo descubriré, te aseguro que lo descubriré. Lo que es cierto es que Sonia no se ha suicidado.
No entendia lo que querίa hacer. Por qué continuaba insistinendo siempre con el no del suicidio? Después de repente tuve una iluminación y yo también intervine en la conversación ,como si estuviera pensando en voz alta:
- Está claro porque una Sonia suicida no vale nada, en cambio una Sonia muerta por accidente vale los millones del seguro.
Me se revolvίo contra como una furia.
- Mira también el amigo habla! Pero que tiene a ver con esta historia? Joder! –Gritó viniendo hacia mί enfuriado. Yo continué hablando como si no me hubiera parado.
- Entonces eres tu el beneficiarodel seguro. Tenίa que pensarlo antes! Y dime, el dinero lo tomas también en caso de asesinato?
Como respuesta me dió un puño o por lo menos lo intentó, pero ahora Stephan no estaba borracho y demostró que todos sus musculos no servian sólo como adorno. De un salto se presentó entre nosotros dos, le diò un peñetazo con una de aquellas manazas suyas y cogiéndolo por el cuello de la chaqueta, lo levantó de suelo y lo tiró leteralmente contra la pared.
Dario tuvo una caída tonta y se quedó en el suelo como si tuviera dificultad en levantarse. Lanzó una mirada llena de odio a Stephan que lo miraba por encima.
Cuidado Dario. Ya una vez tuve que leerte la cartilla. Acuérdate que si quiero te apreto aquella cabezita estúpida en las manos. Quién sabe dónde tomaba este lenguaje truculento y sanguinario, que además no correspondίa para nada con su índole. Quizás por sus pelίculas.
Pero los dos habíamos subestimado a Dario Shenberg, porque de repente lo vímos de pie ante nosotros, con los hombros a la pared,a la que pesademente se apoyaba, y con un objeto oscuro en la mano: !una pistola!
Entonces yo no tenìa ninguna familiaridad con las armas de fuego, por una providencial intervención de tìo Alberto, no había ni no hecho la mili. No es que hoy soy un experto, pero entonces había visto las pistolas sólo en la tele o al cine.
En cambio Stephan parecìa menos asustado y apostrofó a Dario con voz decidida:
Hazla desaparecer,estùpido.¿Qué piensas hacer?Estámos en el centro de la ciudad, en un hotel.Si disparas,esta habitación estará llena de gente dentro de un minuto.¿Quieres ir a la cárcel otra vez?
Quizás no dispare- dijo con una mala sonrisa- pero probablemente sì.Quizàs la gente viene,pero tù y tu compañero habeis muertos,¿qué piensas?
Y,después de haberse asegurado que su amenaza había hecho efecto, siguió:
De todas formas no puedes permitirte pegarme impunemente.No,no puedes.
Y, de repente, le dió un golpe en el centro de la cara con la cana de la pistola.Stephan se sorprendiò y no tuvo el tiempo de esquivar el golpe completamente. Vi que el labio le sangría abundantemente y avancé para parar a Dario,pero no conocía la manera para hacerlo.él me hizo una señal amenazante con la cana de la pistola y dijo:
- Estáte tranquilo,violetita.Ahora me voy y te lo dejo todo entero.
Solamente entonces yo entendì que Dario había interpretado de su manera la relación entre mí y Stephan. Me pregunté si su interpretación fuese justificada por la habitual conducta del actor,pero no tuve el tiempo para reflexionar sobre este:estaba demasiado atento a la amenaza de la pistola.Dario dijo sonriendo, sin quitarnos el arma de encima:
Pero recuérdale tù tambien que no debe permitirse pegarme y-abriendo la puerta del piso-que...Sonia no se ha suicidado.Y yo lo demostraré, con o sin tu ayuda.
Y salió,dando un portazo.
Miré a Stephan que tenía la boca y el mentón llenos de sangre y que se afanaba para buscar un pañuelo en el bolsillo. Me lo llevé al baño, y le dije que se sentara , lo lavé y le limpié su herida.No era nada importante, pero necesitaba dos puntos, para que no dejara cicatriz. Me acuerdo de que pensé a Rosa y a qué me diría si hubiera dejado estropeada la cara de su ídolo.
Te va bastante mal últimamente,Stephan"-comenté y luego añadí: Ven,vamos a la urgencias.te hago poner dos puntos, de otra forma te queda la cicatriz. Me miró resignado y se levantó de pie.
Telefoneé a tìo Alberto y le conté lo que había pasado, también para advertirlo que aquella noche no podría ir al restaurante con ellos. El cansancio de dos días intensos, casi sin dormir, empezaba haciendo sentirse. Quedamos para la mañana siguiente. En el sitio de urgencias del hospital más cercano, Stephan dijo que queria que fuera yo el que le puesiera los puntos, y que no se habrìa hecho tocar por nadie. Expliqué al colega,después de que me había identificado, quien era su paciente,pero, justamente,él no quería que le tocaran. Estaba cansadisimo y solamente quería volver a casa,entonces hice un fantasioso discurso sobre el riesgo que hubiera corrido si hubiera estropeado accidentalmente la cara del famoso actor Stephan Vladic:millones de daños.En cambio yo era su médico personal y por tanto estaba asegurado. Se dejó convencer, pero solamente se tranquilizó cuando me vió obrar y comprendió que era capaz.Efectivamente,en honor a Rosa,hice un trabajo muy bueno sobre la cara de Stephan.
Llegué a casa a las ocho, muerto de cansancio y con un único deseo:dormir.
Pero estaba predestinado que aquella noche no durmiera,por lo menos en mi cama. El teléfono sonó.
Capítulo VII
Martha
-Oiga, ¿Hablo con el doctor Farnese?
-Si, ¿Quién es?
-Perdóne, ¿Usted conocía al doctor Parisi?
Empleé algunos segundos para contestar: en el fondo la pregunta, con todo lo que había ocurrido, era inquietante. Miré el display del móvil para ver si conocía el número que me llamaba: era un número con cuatro dos consecutivos en posición central. No lo conocía. -Si...pero ¿Quién es y por qué quiere saber si conocía al doctor Parisi? Hubo un gran silencio que intenté romper con algunos “oiga...!oiga!”
Luego la misma voz de antes, pero entrecortadas por pausas que parecían causadas por un llanto a duras penas contenido:
-Usted tiene que perdonarme... Estoy que no ya puedo más, estoy transtornada. Tiene que perdonarme si todo es verdadero...si es una cosa seria, pero lo maldeciré hasta sus ultimos dias de su vida –y aquí la voz era terible- si me está tomando el pelo, o si es un expediente periodístico.
Se interrumpió para tomar aliento y yo, que empezaba a comprender quién pudiera estar al otro lado del teléfono, aproveché para decir:
-Señora, usted ahora està un poco atolondrada...se entiende; lo siento...intente calmarse y luego todo se aclarará, ya lo verá.
La respuesta tardó un poco. Imaginé que mi interlocutor necesitaba un poco de tiempo para recomponerse.
- Vale, confίo en usted. Pero le he dicho: ay de usted!- y otro sollozo llenó el vacίo.
Cuando por fin logró restablecerse, dijo:
-Soy Martha Ramasco.A lo mejor mi nombre no le dice nada porque es más conocido el de mi hermana, Rama. He vuelto de prisa desde hace pocas horas porque me han avisado del suicidio del pobre Edoardo. Ya estaba trastornada por la muerte de Sonia, y ahora también Edoardo:y dicen que es una unica grande tragedia. Hubo otra pausa, y después con voz entrecortada:
-No tenίa que volver a casa, tenίa que ir al hotel. Esta casa ya es un inferno para mί, con todos los recuerdos que....- y dejó la frase en suspenso – Tuve la mala idea de encender el contestador automático para escuchar si habίa mensajes y sentί un escalofrίo por la espalda al oir la voz de Edoardo que me decίa algo que en un primer momento ni siquiera logré entender. Acabé de restablecerme, rebobiné la cinta y volvί a escuchar. Edoardo me contaba de que habia visto a un jovén medico, usted creo, que afirmaba haber conocido Sonia tres meses antes y haberla visitada. Después, no entendί bien: hablaba de otra radiografίa. Dijo que si usted es un impostor se la habίamos hecho pagar cara y me pedίa que le telefoneara porque querίa saber mi opinión.
Hasta entonces habίa logrado hacer un discurso claro, con pocas interupciones. Pero en ese preciso instante rompió a llorar a lágrima viva. A través de las lágrimas le oί decir:
- Qué está pasando? Antes Sonia , después Edoardo. No puedo con todo eso, no resisto
- Señora escúcheme – intenté tranquilizarla – si eso puede consolarla, le puedo asegurar que es todo verdadero. Le doy mi mi palabra y estoy dispuesto a verla en cualquier momento para explicarle a voz. Dίgame cuándo y dónde: también ahora si quiere, en su casa o en cualquier lugar.
- No! En mi casa no! – y después de algunos momentos – podemos vernos esta noche? Necesito hablar con alguien. No puedo ir a dormir en estas condiciones.
-Vale.Nos quedamos dentro de una hora,el tiempo de cambiarme de ropa,acabo de regresar del trabajo.Me diga donde.
Pensó en eso algunos segundos después dijo:
-Hay un bar con sala de té,en la calle donde Edoardo tenίa el despacio,dos edificios más adelante;se llama “la otra muyer”y es un lugar tranquilo donde podrίamos hablar sin ser molestados y sin que alguien nos reconozca.En estos dίas he visto también más fotos en los periódicos;he perdido mi annonimado,ya –añadió melancólicamente.
-Bien! A las nueve,está bien?
-De acuerdo. Pero,......como voy a reconocerlo?
-Ah si, es verdad....soy alto un metro y ochenta aproxίmadamente, peso normal,el pelo castaño y-dando una mirada afuera por la ventana- quizás haya un chaparrón, voy a llevar un impermeable claro.
-De acuerdo.Hasta luego y........perdone.
-No se preocupe!Hasta luego-y colgué.
Cuando llegué al lugar de la cita, mientras que el taxista buscaba el resto, miré hacia el local. Era muy especial:una larga vidriera angular daba a la calle y las luces que provenίan del interno iluminaban el andén, que si no habrίa estado en la sombra .Reconocί en seguida a Martha, también porque habίa pocos clientes.Estaba en una mesa en el f0ndo y en el plato que tenίa delante habίa un bocadillo y una ensalada todavίa intactos.El vaso de cerveza en cambio estaba en la mitad.Cuando el taxi se fue yo me quedé por un poquito de pie al exterior del local miràndola. Era muy diferente de Sonia:habίa leίdo que tenίa sólo cinco años más que la hermana pero aparentaba por lo menos diez.Castaña, llevaba el pelo levantado en la nuca, recogido en un moño mórbido pero austero.Gafas con una montura y oscura que les oscuraban los ojos y parte de la cara.Llevaba un traje gris con una camisa roja y sobre la silla vί apoyado un gabán ligero de color oscuro.Se sentaba absorta, mirando hacia el otro lado de la sala donde habίa la barra del bar,con los brazos apretados al pecho,casi a sustentarlo,y las hombras curvadas en adelante,en una posición de defencia. La impresión general que se sacaba de eso era que se notaba una tensión interna muy fuerte.
Entré, y ella me vió enseguida. Soltó los brazos por aquel defensivo abrazo suyo y esperó hasta que me acercara a la mesa. Nos apretamos la mano: la suya estaba helada. Me asenté y llamé a la camarera, mientras que involuntariamente mi mirada se dirigía hacia su plato intacto.
- Creía que tenía hambre y debería tenerla, dado que para todo el día no he comido, sin embrago el estómago me se ha cerrado – dijo, con aquella voz un poco ronca, muy profunda, que ya había notado por telefono.
Desde cerca noté que tenía algunos hilos blancos en el pelo,los cuales evidentemente no intentaba para nada esconder.
Beberé una cerveza yo también – le dije y la pedí a la joven camarera, con la librea de estilo country americano, que se había acercado.
Esperando la cerveza, fue ella la primera que habló:
Su aspecto deja pensar bien, tal vez no me equivoqué en fíarme. Pero no tiene los ojos marrones, sino verdes.
– Si, pero pensé que para reconocerme fuera suficiente una descripción sumaria. – Contesté estando un poco a disgusto porque continuaba mirandome fijo en los ojos.
– Claro, tiene razón...pero cuénteme su historia – dijo al final, apartando la mirada. – Yo no tuve el valor de escuchar con atención el registro de la llamada de Edoardo; me daba escalofríos. Y, en todo caso, él fue extremamente sintético.
Y pues, por la tercera vez en aquellos días, conté mi relato. Ya había llegado a ser muy bueno en contarlo y también en esconder, pienso, mi partecipación emotiva. Conté también el encuentro con Parisi y cómo nos enseñó la radiografía de Sonia.
– Esa imagen me atormenta. – dijo ella, quitàndose por un instante las gafas para ponerse una mano sobre los ojos y apretarse la juntura alta de la nariz entre el pulgar y el índice, como para parar momentáneamente un mal de cabeza. – La sueño durante la noche!
Sin gafas ganaba algunos años y se parecía más a su hermana.
- Pero vea,señora,hay algo que yo no dije al doctor Parisi y que cambia toda la faena.
Había decidido desembuchar el saco.En el fondo hacía falta que alguien solicitara indagaciones más profundizadas y que tuviera el derecho de hacerlo oficialmente.Pero para hacerlo, ella tenía que saberlo.
Vea, cuando hice la radiografìa a su hermana, hace tres meses, se podìa ver una pequeña, pero clara,resquebrajadura en la tercera costilla derecha.Sabe,un pequeño signo.No había este signo en la radiografìa que me exhibió Parisi.
Me paré por un instante para consentirle que comprendiese bien, pero me miró con ojos interrogativos.
Una pequeña lesión así"-continué-"no puede completamente desaparecer en tre meses,¿entiende? Estaba interesada ahora,pero no habìa sacado conclusiones todavìa.
Perdone, ¿qué significa?
La mirè a los ojos.
Significa que la radiografìa que me exhibió Parisi no era de su hermana.
Me mirò alarmada, llevándose una mano a la boca.
Entonces.. La dejè llegar sola con sus conclusiones.Bajò la mirada y jugueteò con el tenedor en el plato.Luego cogió la copa para beber un poco de cerveza.
¿él sostiene que no estaba enferma?
Yo no contestè.
¿Y entonces, el suicidio? ¿Por-qué suicidarse?-y después de un momento de intermedio, levantó la mirada de repente-¿No fue suicidio?¿esto es lo que piensa?
Y luego:
-Entonces un accidente, un accidente de verdad.Y la radiografìa no tiene nada que ver. Miró mis ojos y comprendió gracias a mi mirada que, por lo menos a mi juicio, la faena era más complicada..Volvió a bajar sus ojos hacia el plato y luego los volvió a levantar de improviso:
¿Un homicidio?...!Pero està loco!Como podrìa…?Y pues quién?No..!està loco,està loco!
Después como tocada de una idea repentina
-y el billete de despedida,entonces?Aquello como se explica? Ya se agitaba nerbiosamente en la silla.
-Pues,dije,me interpuse en aquel soliloquio-dónde lo ha encontrado?Estaba en evidencia en el escritorio o en la cama o dónde?
-Estaba en el cajón ,dijo,como maravillada de mi pregunta.
Entonces,le expliqué mi teoria sobre el billete.Mientra que ella hablaba me miraba con los ojos desgranados.Por un instante me pareció casi que tenía una sonrisa divertida en sus ojos,como si todo le pareciera una tonterίa .Pensé que quizás tenίa razón pero cuando habló entendί que me habίa equivocado y que más bien me habίa tomado en serio.
-Y Sonia dónde está, entonces?... Quizás necesita ayuda – todavίa una vez me miró en los ojos y fue como si me leyera en el pensamiento. Habίa en aquellos ojos algo intenso, profundo que me ponίa en dificultad.
- No está viva? Usted piensa que no está viva verdad? – dijo siempre mirandome en los ojos.
-No lo sé! - dije – sinceramente no lo sé. Pero usted no sabe cuanto quisiera que estuviera viva! Y es por eso que querrίa saber más cosas. Vea hay muchos elementos oscuros en toda la vicesitud. Por ejemplo , tomemos la radiografίa. Quién la hizo? Y por qué hay sólo una? generalmente se hacen más lastras. Y habitualmente están en un sobre en el qual está el nombre del paciente, o por lo menos, el nombre del estudio radiólogico que les ha hecho. Usted ha encontrado sólo aquella radiografίa? Nada más?
-En la casa habìa sólo aquella, estoy segura, respondió en seguida. -Y dónde podrίa estar las otras y el sobre? Pensó algún segundo, después exclamó.
-En la villa.
-Dónde? Un chalet que tenemos, aquί cerca de Roma. En realidad es nuestra casa familiar, de nuestros padres. Yo voy raramente pero Sonia iba allί a menudo. Sobre todo cuando tenìa sus crisis de depresión. Yo siempre he dicho que para mί en aquella casa le no se le pasaban, sino que le venìan sus crisis depresivas. Claro si están en cualquier lugar estas radiografίa están allί.
Se interrumpió y miró el reloj: podrίamos ir allί; hay (se tardan) unos cuarenta minutos en coche.
-Yo no tengo coche, aquί en Roma
-Yo lo tengo aquί fuera.
-Entonces, vamos? Yo estoy libre.
-No sé ya es muy tarde. Lo he dicho, asί, sin pensar.
Pareció reflexionar algún segundo después levantó los ojos y me miró con una extraña expresión que en aquel momento no entendί y al final se decidió.
Si es Ud tan amable de acompañarme, podemos ir- Sola no tendrίa el coraje de ir.
Llamamos a la camarera para que nos trajera la cuenta. Aunque la cifra era irrisoria absolútamente no quiso que ofreciera yo. Después nos acercamos a la puerta.
El temporal se veia venir. Un viento frίo barraba la calle y caίan algunas gotas. Corrimos al coche que era una potente berlina, un modelo mercedes de algunos años antes. Me pidió que condujera, estaba demasiado cansada para hacerlo ella. Me puse al volante y salimos. Antes fuimos a su casa para coger las llaves del chalet. Vivía en el centro, en la calle Alberici: una palacete de dos pisos separado de las otras casas por un poquito de jardίn. Esperé en el coche y ella bajó en seguida. Se habίa puesto un gabán más grueso.
Acabábamos de salir del centro de la ciudad y un potente fragor de agua nos cayó encima, fue el primer aviso de lo que en realidad sucederίa después.
Me indicó el camino: era fácil, se tenia que coger el desvío de la carretera nacional en dirección hacia el norte y seguir por cuarenta quilómetros más o menos, allί desviar para Roccamocino, este era el nombre del pueblo.
Hubiera sido todo simple y hubiéramos tardado poco – no encontramos atascos – si no hubiera sido por el tiempo. Se desató una tempesta inaudita, una lluvia torrencial que empedίa casi completamente la visibilidad. Encontramos trozos de camino completamente inundados que tuvimos que recorrer a paso de hombre. Muchas veces pensé que hubiera sido más adecuado aplazar la bùsqueda y volver hacia detrás. Pero Martha parecía no enterarse de lo que ocurría afuera. De hecho desde que había entrado en el coche, después de haberme indicado el camino había entrado en trance. Miraba hacia adelante y no decía ni una palabra. Sólo una vez se reaccionó, cuando, cuando al atravesar el bosque, un rayo espantoso, con consecuente trueno, azotó el aire y hizo casi temblar el coche. Debía haber caído muy cerca. Me miró con ojos asustados, luego se restableció y me sonrió.
Por suerte el coche era sólido y muy estable, un coche adecuado para aquel tiempo. Nos tardamos más de lo que pensábamos, pero al final llegamos alrededor de las once.
Veìamos el pueblecito desde la carretera, iluminado por miles de rayos. Estaba situado en la montaña y ocupaba sólo un lado: como si los habitantes hubieran querido protegerse de no se sabe qué. Quizás semplicemente del viento. Encima había una grande casa patronal que ocupaba toda la parte alta de la montaña.
-Allì está la morada solariega –dijo con una sonrisa un poco forzada-.
Embocamos la calle que llevaba a la montaña y llegamos a una plazoleta, delante de la casa, que daba sobre el valle. No se veía nada. Por lo demás, con aquel tiempo, ¿quién se hubiera aventurado afuera?
Martha corrió a abrir el portal y yo la seguí intentando protegerla inútílmente de la lluvia con un paraguas que había encontrado en el coche.
Al entrar, las anchas paredes de la casa escudaron el ruido de la tempestad. El silencio que nos recibió era casi inquietante.
-Apresurémonos, que aquí se hiela –dijo Martha- es inutil que encendamos la calefacción, porque nos quedaremos poco tiempo. Yo busco en la cama de Sonia y usted en el despacho.
Y me acompaño al piso superior indicándome el despacho. Encendí la luz y miré en la habitación. Era una habitación bastante grande, amueblada muy espartanamente: un escritorio en un lado, una pequeña biblioteca en el lado opuesto y una chiminea con un cómodo sillón en el tercer lado. El cuarto lado estaba ocupado por una ventana que asomaba a la plazuela de la casa y al magnífico panorama del valle. Miré por los vidrios: la tempestad empezaba a calmarse.
Empecé por el escritorio. En el fondo lo que buscaba era bastante voluminoso asi pues no debía ser difícil encontrarlo. El primer cajón estaba lleno de papeles: mirándolos sumariamente me parecieron recibos, facturas y otras cosas así. Pasé a otra cosa. En el segundo cajón había un haz de papeles mecanografiados que, al empezar a leer descubrí que era el guión de una película. Estaba lleno de anotaciones hechas con boli, con una caligrafía minuta y ordenada. Confieso que me puse a leer, también porque había visto la película y las anotaciones eran muy interesantes. Revelaban a un lector, o a una lectora, muy atento, que suponía las posibles interpretaciones de los papeles que estaban descritos. Mientras leía escuché desde afuera el clasico ruido de la puesta en marcha del motor de un coche. Me acerqué a la ventana y la abrí. Había terminado de llover; Martha estaba saliendo del coche. Levantó los ojos y me vió.
-No arranca- gritó abriendo los brazos- había bajado para ponerla en el garaje, para evitar que este diluvio provocara algún desastre, pero ya es tarde: quizás se haya mojado algo en la instalación eléctrica.
-Espere, bajo a ver- le grité contestando- pero, de todas maneras, apague las luces, o se descarga la batería.
Bajé y me pusé al volante, pero fue inútil: el motor grajeaba, pero el coche no arrancaba. Martha, que se había protegido en el portal, me miró con aire desesperada. Cuando la alcanzé la estaba murmurando:
-no debíamos venir. Ha sido una locura. Ahora tenemos que esperar hasta mañana para llamar al macánico.
Vió que la miraba y añadió:
-Así tenemos el tiempo necesario para hacer con calma lo que queríamos hacer. Pero voy a encender antes la calefacción, aquí se hiela.
Volvì a mi trabajo, pero esta verz no me puse a leer el guiòn. Abrì los otros cajones. Estaba obsesionadocon mi trabajo cuando, de pronto, percibí a Martha en el umbral de la puerta de la habitación.
-¿Ha encontrado algo? yo tampoco.
Después añadió:
-Tengo hambre.Ya que estamos bloqueados aquί, voy a ver si logro improvisar algo para comer, ¿Està de acuerdo?
Dije que no era necesario,pero no la convenc’ demasiado, considerando que yo también estaba en ayunas. Se alejó y oί que se movía en el piso de abajo, probablemente en la cocina. La calefacción se empezaba a notar y yo continué buscando. De hecho habίa pensado que era estúpido buscar sólo las otras radiografias como nos habíamos prefijado al principio. Podían haber otros elementos útiles entre aquellos papeles y por eso empezé a examinarlos con más atención.
Encontré un paquete de cartas, abrί una de esas, pero después me avergoncé y volvί a ponerla en el sobre: ¿Qué derecho tenίa yo de entrar en la intimidad de estas personas? Además, investigar significa también esto. Ya no sabίa qué querίa. Y encima el cansancio acumulado se hacίa notar. Los ojos casi me se cerraban, y aquel silencio, entrecortado sólo por el ruido del viento, conciliaba el sueño. No sé cuanto tiempo pasó, a lo mejor en un cierto momento me adormecí y cuando oί llamar del piso de abajo. me cogió de sorpresa. La cena estaba servida. Antes de bajar aproveche del cuarto de baño de aquel piso para enjuagarme la cara y despertarme un poco.
La cocina era grande con los muros de piedra y el techo abobedado. Era una cocina antigua, pero algunas obras inteligentes la habίan dotada de todos aquellos instrumentos que se han hecho indispensables en una cocina moderna. En el centro destacaba una grande mesa de madera maciza en una de las esquinas de la mesa estaban preparados dos puestos.Habίa una tajadera con encima dos pequeñas porciones de queso de tipos diferentes y un salchichón. Habίa también una botella de vino recién destapada. Miré la etiqueta: era un Taurasi viejo de ocho años. Martha habίa improvisado un plato de espaguetis al ajo y aceite que estaba cocinando. Al final echó por encima de los espaguetis un puño de algo que me habίa parecido queso.
- ¿Qué es? Pregunté.
- Pan rallado. Sirve para espesar mejor el aliño de los espaguetis – me dijo sonriendo.
Nos sentamos a la mesa y comimoc los espaguetis en silencio. Ambos tenίamos mucha hambre verté el vino y lo probé. Estaba rico y lo dije.
- Mi padre era un coleccionista aficionado. En esta casa hay una bodega de todo respecto. Después, si usted quiere, se enseño.
Noté que cuando hablaba de la casa de sus padres su rostro se tranquilizaba. Decidί dirigirla hacia aquella dirección, tanto porque no aguantaba màs verla tan tensa, comoporque querίa que hablara, que me diera informacciones.
- Bebί otro trago de vino y recuerdo que me prometί a mì mismo estar atento (tener cuidado): el cansancio y el vino podίan jugarme una mala pasada.
Le pregunté por su padre. Me contó que era un alto funcionario del ministerio de asuntos exteriores, que se habìa quedado viudo muy pronto. Les habίa criado él, con la ayuda de una gobernante que todavίa hoy en dίa ellas la consideraban como una madre. La alusión a “ellas dos” hizo que su rostro se obscureciera, pero se restableció pronto. Su padre,no querίa dejarlas solas en Roma y por eso les habίa llevado siempre consigo. Habίan dado la vuelta al mundo, pero no de turistas: dos años en Parίs, uno en Londres, en Vienna,y etc. Ambas, Sonia y Martha, habίan estudiado en todas las escuelas de Europa y hablaban tres idίomas , además del italiano: francés, inglés y alemán. Mientras describίa los años de su juventud, cómplice probablemente también el vino, habίa recobrado su color y sonreίa. La miraba encantado. Era guapa ella también. De una belleza diferente; como si fuera una belleza escondida que necesitaba descubrir poco a poco.
Cuando me dί cuenta de que empezaba a acortar el cuento, preocupada evidentemente por los problemas del presente, intenté que me hablara de su trabajo. Sabίa que era una investigadora cientίfica, un biologa, bastante considerada en el ámbito internacional, lo habίan dicho los periódicos. Pero sobre este argumento no quiso dejarse llevar, más bien consiguió invertir los papeles,y empecé a hablar de mi trabajo. No sé ni como, ni quien fue el primero, pero en un cierto instante empezamos a tutearnos. Nos gustó, y continuamos.
Le conté lo de mi esperiencia en Etiopia con Médicos sin fronteras; el año después, acabada la especialización, tendría otro compromiso con la misma organización, pero esta vez en India. Se apasionó con mis cuentos. Traté de no hablar de las tragedias que vi, de la miseria, del dolor, de los chascos. No quería entristecerla. Sólo conté los hechos felices, los en los que parecía que habíamos logrado hacer algo en serio: pues aquellos hechos que eran los responsables de mi deseo de volver a trabajar con ellos. Habíamos empezado a acometer a los quesos y al salchichón. No había pan, naturalmente, sin embargo Martha buscó unas galletas que, adecuadamente rociadas, fueron un extraordinario subrogado. Me explicó que la casa la mantenía en orden una pareja de domésticos que vivía en un ala separada.
Hablaba, y sin darme cuenta, bebía. Empecé a atudirme: el vino era fuerte y el cansancio mucho. Al final mi estado tuvo que parecer evidente, porque Martha dijo:
- Tal vez sea mejor que te lleve a tu habitación. Tendrás que dormir en la de Sonia, lo siento. Las otras no están limpias. Para la noche, te he encontrado algo para ponerte que fue de mi padre. Huele a naftalina, pero creo que puede ser utilizado.
Tengo un recuerdo muy vago del resto. Sólo sé que en cuanto me tumbé en la cama me domí. Pero el mío fue un sueño agitado, lleno de sueños raros. Quizás por la sugestión de dormir en su habitación, soñé con Sonia. Estaba sentada en la cama cerca de mí y me miraba sonriendo: esa luminosa y feliz sonrisa suya. Luego se bajó para acariciarme la mejilla y besarme delicadamente en la boca.
Sin embargo, otra vez era Martha la que me se sentaba cerca y me miraba con esa triste y melancólica sonrisa suya. También ella se me acercaba, me acariciaba la mejilla y me besaba con delicadez en la boca.
Soñé también otras cosas, pero en el recuerdo todo es tan confuso que no vale la pena que lo cuente.
¿Por qué esas imágenes sabían de pesadilla? Tendrían que ser felices.
Me desperté de sobresalto al amanecer. Me pareció que la puerta de mi habitacón se cerraba. Aún estaba aturdido: estaba despierto pero iba como si aún estuviera soñando. Salí a las escaleras y me asomé a la barandilla. La ventana por la que se veía la grande terraza estaba abierta; el tiempo se había apaciguado. En el fondo, en el horizonte, la luz del amanecer iluminaba un cielo limpio, mientras que hacia nosotros aún estaba oscuro y cubierto. A contraluz, delante de la ventana, apoyada en uno de los batientes, se recortaba una figura de mujer envuelta en una bata. Ella también miraba las luces del amanecer y me volvía la espalda. Apretaba los brazos al pecho como para defenderse de algo, quizás del frío.
No sé porqué, tal vez la sugestión del sueño, sin embargo pensé que fuera Sonia y la llamé: - Sonia...Sonia.
Inicialmente la figura no se movió, aunque estaba seguro de que me había oído porque la posición del cuerpo cambió ligeramente. Luego lentamente se volvió y los ojos serios de Martha me miraron por sus pesadas gafas. Por poco se quedó en silencio. Luego dijo:
- Tú también te quedaste fatal, ¿verdad? Por lo demás igual que todo el mundo – y suspiró.
Luego, después de unpoco:
- Vuelve a dormir, muchacho, vuelve a dormir, y sobre todo...¡No sueñes! No recuerdo nada más. Evidentemente seguí su consejo porque la mañana siguiente me desperté muy tarde, eran las diez , perfectamente descansado. En principio no me acordé de donde estaba. Por la ventana entraba un rayo de sol. Me asomé y en el cielo azul vi una sola nube blanca que se movía rápidamente hacia una misteriosa destinación. Entraba ganas de saludarla y desearle: “¡Buen viaje!”. Oí el ruido de un coche que estaba llegando: era un mercedes. Martha salió del coche y me saludó.
– Has visto - dijo serenamente – Ella salió. El sol lo había secado todo. Menos mal. Ven a desayunar. Fuí a comprar algo fresco. Baja, rápido.
Fui al baño y me duché. Tuve la sensacion de que el agua me alejaba del cansacio que tenía desde dìas atràs, me purificaba. Me volví a poner la misma ropa del día antes y bajé rápidamente a la cocina. Ese lugar durante el día parecía diferente: era más alegre, gracias a la cantidad de luz que pasaba por las aperturas.
Sobre la mesa: café,leche,pan fresco y mermelada.
¿Que sueles tomar para desayunar? -me preguntó.
De todo”- le dije“ es mi comida preferida.
Fue un desayuno magnífico. Me disculpé por haberme desplomado y no haber aguantado la noche antes.
Tenías que estar muy cansado- me dijo,con una sonrisa afectuosa –“pero no te preocupes, todo bien.
Oye, por cierto - dijo,cambiando argumento- “nuestra expedición puede considerarse fracasada. No hemos encontrado nada. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos a Roma?
Quería decirle que no,sin embargo dije que si.
Acabado el desayuno,cerramos la casa y nos pusimos en el coche. Esta vez lo condujo ella: tenía una manera de conducir segura y rápida. Durante el viaje no hablamos. Me acompañó a casa. Antes de despedirla le pregunté:
¿Podemos volver a vernos?
Me miró en silencio, tristemente.
Sería mejor que no -y después de poco- pero quizás sea necesario, tu tienes que encontrar a Sonia!
Y arrancó haciendo chirriar los neumáticos.
Capítulo VIII
Giovanni
Eran las dos pasadas cuando llegué a casa. Llamé a Virginia, me dijo que tío Alberto comía fuera y, obviamente no se había llevado el teléfono.Le pregunt si tenía algún recado para mi, pero no sabía nada. Antes de que hiciera otra llamada el teléfono sono :
- ¿Diga¿
- Doctor, soy Vincenzo…el enfermero de urgencias del aeropuerto. ¿Qué pasa?, ¿Se ha olvidado Ud. de nosotros?
- No, Vincenzo, ¡anda ya!. Es que no me esperaba una llamada tuya.
- Doctor, le he llamado porque le tengo que hacer una confesión. Me han dicho que el otro día armastéis un jaleo porque no se hallaba la radiografía de la actriz que habiáis puesto en el cajón. Me lo ha dicho Rosa.
- Claro, la buscaba, pero no he armado jaleo por esto. Rosa lo ha entendido mal : lo que ha sucedido después no depende de la desaparición de la radiografía .
- Bueno,doctor, yo se lo tengo que decir : yo tengo aquella radiografía .
- ¿Qué ? – dije casi gritando por el teléfono.
- No se enfade doctor, no creía que fuera tan importante.
- ¿Y dónde la has metido?
- Doctor me la he enmarcado como recuerdo.
-¿ Qué has dicho ?
- Si, que me la he enmarcado por broma , para tomar el pelo a mi mujer. De cuando en cuando la sacaba y se la enseñaba a mis amigos , doctor pero yo no creía que fuera importante. Ahora casi lo había olvidado. De todas maneras si la quiere , aún la tengo yo . Se la pongo en un sobre y se la dejo en casa , en Nápoles, al portero. ¿Vale?
Casi no podía hablar, porque me había venido ganas de reír. Fue una sonrisa de liberación, un poco histérica. Al final dije :
- Si, estoy de acuerdo , Vincenzo, de acuerdo. Y no te preocupes, no podías saberlo.
Continuaba riendo solo : ¡será todo fruto de mi imaginación que paría un elefante de un ratoncito? El robo de la radiografía, para impedirme la comparación. ¡Vale! Quizás también todo el resto tenía una explicacioón sencilla y natural.
Compré el periódico. En la primera página no había nada. En la tercera pero hallé algo : Dario Shenberg había sido detenido. No entendía bien el motivo , pero lo habían relacionado con las investigaciones sobre el caso del médico de las mujeres famosas, como ya lo habían etiquetado.
Llamé a Stephan, pero tampoco él respondía. Sólo mucho más tarde, eran las cuatro de la tarde, recordé el número del móvil que me había dado el Comisario. Probé . Respondió.
- ¿Quién es ?
- Soy yo, Comisario, Giovanni Farnese.
- ¡Ah! No le han zumbado los oídos, en este momento– hablaba con alguien – espere , le paso a su tío.
- Giovanni , ¿dónde estás? Has desaparecido. Desde esta mañana que te estoy buscando.
- Si , tenía razón. Había desaparecido. Me disculpé diciendo que me habían obligado a apagar el móvil.
- ¿Pero dónde has estado?
- Luego te lo explico. ¿Vosotros dónde estáis?
Mientras lo decía me di cuenta de que en cambio no tenía ganas de explicar nada.Tenía aún necesidad de entender lo que me había sucedido.
- Estamos en el periódico. ¿Por qué no vienes?
- Pero Virginia me ha dicho que no estabas - que observación tonta , me dije, el hecho es que estaba pensando en otra cosa.
- En efecto, acabamos de llegar ahora.
- Vengo – y apagué el móvil .
Aquella tarde fue un tormento. No entendía bien que me ocurría, pero tenía un solo deseo : quedarme solo. En cambio por todo el tiempo me quedé con tío alberto y el Comisario que me pusieron al corriente de los hechos recientes.El Comisario dijo que los investigadores no querían hablar demasiado. Supe por un amigo que el arresto de Dario Shenberg había sido debido sobre todo al hecho de que un testigo lo había visto en los partes del despacho de Parisi aproximadamente a la hora del delito.
- Entonces - pregunté ¿ también ellos están convencido de que se trata de un delito?
El Comisario me miró con un aire de conmiseración.
Muchacho mío , estaba escrito en todos los periódicos : ‘una sola serie de huellas’.
¿ Y cómo es posible que uno que maneje una pistola deje una sola serie de huellas? No,aquellas huellas se imprimieron después.
Antes de todo se limpia el arma, y luego se coge la mano del muerto y se dejan las huellas. Pero no una sola serie, más series.
Fue mi turno de contar. Lo hice en el modo más neutral posible, pero vi que tío Alberto no me creía.Y me miraba con una extraña sonrisa sobre los labios. Conté lo de la llamada de Vincenzo. Aquí todos nos echamos a reír: el Comisario, siguió riendo,observó que era un bueno macabro reliquia.
Al final me libré con el pretesto que todavía estaba cansado por la noche del examen, y volví a casa, justo cuando empezaba el telediario. Pero quedé defraudado : ninguna noticia nueva.
Me había dormido sobre el sillón frente a la televisión y me despertó el timbrazo del teléfono. Me levanté para buscarlo, estaba todavía en el bolsillo de la chaqueta.
- Diga.
De la otra parte oí un silencio innatural. Luego percibí un resuello.
Al final una vocita grácil y desesperada dijo :
- Giovanni...Giovanni... ¡ ayúdame!
Reconocí inmediatamente la voz.
-¡ Sonia! ... ¿Sonia dónde estás? Responde – probablemente había gritado por la emoción y la había llamado por nombre como si ya nos conociéramos desde una vida. Y en efecto yo tenía esta impresión. Pero por otro lado se calló inmediatamente; no percibí ni siquiera el resuello. Luego bruscamente la comunicación fue interrumpida.
Miré el número llamado sobre el visor : era un número con cuatro dos en posición central que reconocí inmediatamente. Estaba en casa.
Volví a llamar inmediatamente. Pero el teléfono sonó por mucho tiempo sin ninguna respuesta. Llamé a tío Alberto que aún estaba despierto. Le conté lo de la llamada.
- ¿ Estás seguro, Giovanni? ¿ Estás seguro de que era su voz?
- Escucha, no puedo estar seguro de nada. Han sido sólo pocas palabras , pero te aseguro de que conozco pocas mujeres que pueden llamarme a medianoche para pedirme ayuda.
- ¿ Y el número?
- No creo que el ordenador de la empresa telefónica pueda cometer un error. Y después , si fuera así , sería una extraña combinación si por error hubiera salido justo aquel número. Si estás pensando en que son invenciones fantásticas mías, te puedo asegurar de que estoy absolutamente lúcido, aunque esté muy cansado, y no he bebido.
-¡ Vale! Me has convencido. Llamo a Gennaro y pasamos a recogerte. Por lo menos vemos si hay alguien en la casa.
Nos presentamos los tres en casa de Martha. Llovía mucho y hacía un viento que zampaba las calles. Llamamos , pero ninguno de nuestros esperaba que hubiera alguien, visto que nadie respondía al teléfono.Cuando Martha abrió el portal de entrada , después de un tiempo que a mí pareció larguísimo , todos nos quedamos con la boca abierta. Estabamos allí , en vereda : el Comisario en el centro y yo y tío Alberto a los lados. Nos miró asombrada, y cuando me reconoció, me interrogó con la mirada y preguntó, con una voz asustada:
¿ Qué ha pasado?
Fue Improta que habló:
: - Señorita Ramasco,el doctor Farnese aquí presente, sostiene que ha recibido, hace una hora, una llamada de su hermana Sonia que procedía de esta casa.
- ¡ Está loco! - fue la fría respuesta, y me fulminò con una mirada.
- ¡Yo también lo creo! – dijo el Comisario –No obstante esto, le molestaría que entráramos para dar una ojeada.
- Seguro que tengo algo en contrario – respondió Martha enfurecida, y hizo el gesto de darnos con el portal en la cara. Luego pareció que cambiaba de idea.
- Claro que no! Es mejor que entren. Vengan, miren, escudriñen. Así este loco se tranquiliza, se da paz y deja de ver a Sonia por todos los lugares. Entren, entren.
Estas últimas palabras las dijo casi gritando, pero poniéndose de parte.
Entramos y nos miramos alrededor. Estábamos en un amplio salón de entrada, con una grande escalera encurvada que llevaba a los pisos superiores.
A la derecha y a la izquierda dos puertas que daban, que luego escubrimos, la una a los servicios y la otra a un salón amueblado con mucha elegancia con diferentes alfombras y sofás. En la pared en frente había una grande chimenea de piedra.
Martha no me dignó de una mirada. Apretandóse en su bata nos dejó de inmediato comunicándonos que se retiraba a su habitación. Luego dirigiéndose hacia el Comisario, añadió:
- Llamenme cuando hayan terminado, les mostraré también mi cuarto de dormir, antes de acompanarles a la puerta. En cuanto desapareció, nos quedamos allí mirándonos cara a cara como tres idiotas.
Creo que tío Alberto y el Comisario hubieran preferido irse con la cola entre las piernas.Pero yo tenía aquella voz en las orejas: ¡ Ayúdame!
Me fuí hacia la izquierda, entré en el salón, mientras que tío Alberto se dirigió hacia las cocinas, a la derecha, y el Comisario subió a inspeccionar el piso superior, donde yo también luego lo alcanzé.
Me indicó con un gesto el cuarto de dormir de Martha con la puerta cerrada.
Estaban en todo cuatro habitaciones, además de dos baños: dos cuartos de dormir y dos despachos.Uno de estos era más bien una habitación de trabajo, llena de baratijas de diferente genero. El verdadero despacho era grande y tenía tres de las cuatro paredes ocupadas de estanterías que llegaban hasta el techo. La cuarta pared estaba ocupada de una grande ventana que daba al jardín en el detrás de la casa.El cuarto de dormir que no estaba ocupado debía ser de Sonia. No estaba dispuesto a registrar.
En efecto fuímos allí sólo para buscar Sonia.
Paso a paso que se veía que la actriz no estaba, yo me atormentaba, intentando comprender que había ocurrido. La llamada llegó de allí; esto era cierto.¿Y entonces? Sonia entró, ¿ llamó y luego escapó? ¿ Pero por qué? ¿ Por qué?
Cuando fue claro que no había nadie en casa, menos Martha, nos encontramos los tres en cima de las escaleras y nos miramos en silencio.Luego el Comisario se encaminó hacia la única puerta que todavía no habíamos abierto.Tenía el aire de quien hace algo que se tiene que hacer, aunque no tenga ganas, además, piensa que es inutil.Llamó a la puerta y abrió Martha.Todavía estaba con la bata y tenía la misma aire de reto.
¿Han encontrado algo? – Fue su pregunta. Luego se alejó para que entráramos.
¡Entren! Hagan su ttabajo – Y luego se sentó en el sillón de su escritorio.
Yo no tuve el valor de entrar y dejé que el Comisario y tío Alberto entraran solos.
No me osaba mirarla y me esforzaba el cerebro para comprender todavía que había pasado.Mis dos amigos salieron de la habitación.Nos miramos, luego el Comisario dijo, dirigiéndose hacia Martha.
Señorita, lo siento. Pero era una cosa que tenía quehacerse, también en su interés. La ruego que nos perdone, si puede, y vuelva a dormir. ¡Hasta luego!
Descendimos las escaleras que llegaban al salón de entrada en silencio. Yo habría querido esconderme por la vergüenza.Alberto estaba torvo, enfadado conmigo, quizás.El Comisario parecía más sereno: estaba acostumbrado, probablemente, a inspecciones infructuosas y a investigaciones que se arenaban sobre lo más hermoso.
Martha se paró sobre el rellano y se disculpó poe no acompañarnos. Estaba muy cansada. El camino ya lo conocíamos, añadió con una cierta ironía.
Llegado a los pies de la escalera nos volvimos para saludarla.Estaba allí, encima de la escalera, envuelta en su bata, los brazos estrechos alrededor del cuerpo, en una actitud que ya la conocía bien.Recuerdo que pensé que había tanta tensión en aquel cuerpo, y que al cabo de un momento habría tenida la certeza atroz,
El Comisario fue el primero que se movió y apoyó la mano sobre el asidero de la puerta de casa. Yo y Alberto estábamos en seguida detrás de él, cuando, de repente, la sangre se me congeló en las venas y un escalofrío frío me recurrió la espalda.
Una voz – aquella voz – con un tono flébil y suplicante, exclamó, detrás de nuestras espaldas:
-Os ruego que no os vayáis... tengo miedo... tengo miedo de quedarme sola. ¡Os lo suplico!
Oí que nos volvimos los tres contemporáneamente y buscábamos con los ojos el origen de aquella voz un poco dondequiera. Luego levantamos la mirada, no sé quien por primero, y se presentó delante de nuestros ojos un espectáculo alucinante.
Martha todavía estaba sobre el rellano, encima de las escaleras, y no había mudado su posición. Su cara, pero era espejo de un increíble tempestad interior. La boca se contraía, luego se relajaba.Las mejillas, los ojos, la frente, todo dependía de violentos pasmos que devastaban su cara. Si la escena no hubiera sido dramática, estas muecas, en cuanto tales, quizá me habrían hecho sonreir. En aquellas transformaciones se alternaban en su cara dos caras: la de Martha, seria, profunda y un poco triste, y la de Sonia, ¡si Sonia! en una expresión lamentosa e infantil. En los pocos segundos que quedamos petrificados mirando hacia lo alto, aquella cara mudó más veces: Martha, luego Sonia y pues todavía Martha, rejuvenecía o envejecía increíblemente cada vez de una decina de años.
Luego llegó la confirmación: a través de la boca de Martha, mientras que la mirábamos helados, salió la voz de Sonia, que todavía una vez dijo suplicando:
¡Os ruego... no os vayáis!
Luego se puso la mano sobre la cabeza, más bien, bajó la cabeza hacia la mano, con un movimiento de rotación hacia adelante, que desquilibró el equilibrio, y antes que ninguno de nosotros, petrificados como estábamos, lograra a moverse, precipitó desastrosamente por las escaleras.
Fue una caída total, sin defensas, a cuerpo muerto, y fue violentísima.
Como en un sueño, de aquellos en los que sabes que tienes que moverte, tienes que correr porque un peligro mortal te amenaza, y en tanto sientes los pies de plomo y todo lo que logras hacer es moverte muy despacio, yo asistí impotente a aquella caída ruinosa.
Ví su cabeza que golpeaba muchas veces sobre los escalones hasta que el cuerpo yació inmóvil delante de nuestros pies. Fuí el primero en socorrerla.Me arrodillé, le tomé el pulso, latía, pero era débil, le levanté la cabeza, que estaba completamente abandonada, con precaución, para evitar ulteriores daños, y la apoyé sobre mis piernas. Recuerdo que levanté los ojos y ví desde bajo las largas figuras de Alberto y del Comisario, como en una niebla: mis ojos se rellenaron de lágrimas.
Sonia no se despertó más. Cayó en un coma profundo y no se reanimó jamás.
La reconstrucción exacta de los acontencimientos del caso de las dos hermanas, así en seguida fue llamado por los media, nunca fue posible, porque no había testigos.
Se habló mucho y luego todo el mundo aceptó la reconstrucción que probablemente fuí el primero en proponer.¡Entendámonos, no es verdad que yo haya entendido anticipatamente la loca dinámica de los acontencimientos, como al contrario dejó entender tío Alberto en sus artículos.Yo iba a ciegas y aquella noche fuí totalmente trastornado cuando la verdad me se reveló dramáticamente.Sin embargo Alberto, en las series de artículos que todavía hoy han traído como ejemplo de grande periodismo, puede ser que haya dado el impresión que el mérito de la solucción del caso de las dos hermanas me perteneciera.Por eso todavía hoy gozo la fama de grande investigador e indagador del alma humana. Me acuerdo de que yo protesté con tío Alberto por esto, pero él se defendió diciendo que él no había nunca afirmado nada de este tipo explícitamente y luego añadi:
"yo estoy convencido de que, quizás inconscientemente, tú habias entendido algo. Por otra parte, desde el primo momento, tú has sido el único que estaba insatisfecho de la versión oficial. Nunca has creido al suicidio de Sonia, y quizás, sabes lo que te digo, tampoco en la muerte de Sonia. Y tenías razón: Sonia estaba viva! Tú te has obstinado en saber la verdad y tu has sido como un catalizador de la reacción que se ha llevado a cabo en esta historia. Le hice notar que, si yo no hubieravenido probablemente el pobre doctor Parisi habria estado todavía vivo y Sonia no hubiera tenido que matarlo, pero él me respondió filosóficamente:
"sé muy bien que cuando se quiere saber la verdad, a veces, se hacen más victimas de las que se harían si nos quedáramos comódamente sentados en el sillón delante de la televisión. En realidad este es el trabajo que he hecho por toda la vida. Pero..esto no significa.....¿no crees?Y dejó la frase en suspenso. Pero volvamos a la noche del delito.La más probable es que aquella noche haya nacido una tremenda contienda entre las dos hermanas.Una entre muchas,como supimos sucesivamente. Martha, probablemente, reprochaba a Sonia su condueta irresponsable y quién sabe qué otra cosa. Las partes eran aquellas: Martha madre afectuosa y protectiva y Sonia hija rebelde. Todos sazonando por un arrebato afectivo entre las dos mujeres que tenía, como muchos amigos confirmaron, algo de morboso. Pues todo según guión. Pero aquella noche - y aquí interviene mí fantasía - el guión no fue respectado: Sonia no estaba en la completa posesión de sus proprias facultades. Quizás había bebido, probablemente estaba bajo el efecto de alguna droga. La contienda degenera y se hace muy violenta. Sonia coge una pequeña estatua de bronce sobre de una mesita y golpea su hermana sobre la cabeza. A propósito, éste es uno de los pocos datos ciertos: efectivamente fue encontrada en la casa de las dos hermanas una estatueta de bronce con huellas de sangre sobre el pedestal. La sangre era del grupo de Martha. No fue posible obtener otras confirmaciones, porque el mar no devolvió nunca el resto de la pobre mujer. En relación con aquella noche, el golpe asestado por Sonia tiene un efecto que va más allá las intenciones y Martha muere entre los brazos de la hermana. Esto turba la pobre mente turbada e inestable de Sonia. No es posible que ella, la mala, la oveja negra de la familia, pues Caino, haya matado Martha: la que todos aprecian, que merece todo el afecto y consideración, el inocente Abele. Es más justo que suceda el opuesto. Sonia tiene que morir y Martha tiene que vivir. Pero ahora Martha yace inmóvil falta de vida. Y en la mente de Sonia, ahora ya presa de la locura, nace la idea resolvible: la que yace por tierra no es Martha sino Sonia, y ella es Martha. Pero hay un problema: la renacida Martha no puede pagar las culpas de su despreciable hermana, no puede ser acusada del asesinato, ¡no es posible! Por tanto necesita esconder el delito. Así nace el falso suicidio de Sonia y toda la puesta en escena relativa. Le pareció la solución más justa. Se acuerda del film que rodó algunos años antes, el incidente espectacular con el coche que precipita desde el precipicio y las palabras del pescador - yo estoy seguro que esto ha sido un elemento determinante en la selección del plan - "en estos lugares el mar dificilmente restituye lo que se lleva!". La cosa más sorprendente es que ella haya logrado poner en escena su plan sin ningún tipo de obstáculo. Sin duda la suerte ha jugado su parte. Probablemente esperó que bajara la noche cerrada, para llevar Martha abajo en el garaje hasta el coche. Como lo hizo, como pudo transportar un cuerpo tan pesado por todo aquel recorrido, ninguno podrá nunca decirlo, pero aunque esto es un punto que ha sido probado en alguna manera. En realidad en el portaequipajes del coche repescada del mar encontraron huellas de sangre, escapadas en un primo examen: el grupo era el justo. Pues el lungo trayecto hasta la calle de la costa. ¿Cómo lograr? a hacer precipitar el coche abajo por la escarpa sin ningún ayuda? Y la vuelta? Aunque allí la suerte, a lo mejor el caso, jugó su parte. No encontró a nadie que la hubiese vista. Lo más probable es que ella quería hacer autostop y que después, por alguna razón, ella no quiso, o bien no pudo, dejarse ver. Pero el asesinato de Parisi es lo mejor, el episodio más alarmante e increible de toda la historia. No estoy sorprendido del hecho de que se apuntó su misma pistola a su sien sin darse cuenta y sin reaccionar: de lo que había entendido, y aunque probado, Sonia era capaz de obtener cualquier cosa con los hombres.¿ Pero ella cómo tuvo el coraje de disparar? La sangre brota sobre las paredes, la cabeza de Edoardo se destroza y ella, con toda la calma, limpia la pistola y pone allí las huellas del muerto como había descrito el Comisario! Algo increíble que se puede explicar sólo con la locura. Además solo una mujer en uno estado de exaltación mental podía pensar en utilizar el engaño de la sustitución de persona. ¿Por cuánto tiempo podía continuar? ¿Por cuánto tiempo Sonia podía pensar en interpretar a Martha, sin que nadie se diese cuenta?Ya Parisi tenía que haber rechazado algo y por eso había firmado su condena. En el contestador de Martha fue efectivamente encontrada la inscripción de una llamada de parte del medico, pero de bien otro contenido respecto a lo que ella me habia cuentado. Parisi, después de haberle cuentado sobre nuestra visita, la invitaba en alcanzarla cuanto antes, porque quería explicaciones, sospechaba que Sonia no estuviera muerta y ella hablaba de un gran enredo.Todavía no lo había entendido, pero casi logró entenderlo. No, Sonia estaba fuera de sí: el mecanismo inexorable que ha llevado Sonia fatalmente a su destino, disparó la noche de la muerte accidental de Martha. Después de todo, el homicidio de Parisi era su unica y verdadera culpa. Algo conmigo la habia parada - porque está claro que yo también tenìa un destino marcado, en su loco plan. ¿Cuando lo habías entendido? Probablemente cuando yo mismo gentilmente me ofrecí en caer en la trampa, declarándome disponible para acompañarla en el chalé. Y aquella sonrisa que yo había visto en sus ojos cuando le había explicado mi hipótesis sobre el billete!Aquel billete lo habia escrito ella, y le pareció ridículo que pudiese tener otra interpretación: no pensó en esto! Ciertamente aquella noche me drogó, Sino no se justifica mi estado de confusión durante toda la noche. En cual manera hubiese decidido de quitarme de enmedio, no lo sabré nunca. El coche en avería también era un engaño, naturalmente. Gracias al Comisario que yo supe que el coche tenìa un antirrobo, un pequeño interruptor escondido que impedía la alimentación de las bujìas. Simple y eficaz. Pues algo saltó que le impedió de llevar a cabo su plan. Yo creo de saber algo.
Como ya he dicho, Sonia no recobró el conocimiento. Lentamente falleció y murió. Naturalmente la causa fue la desastrosa caìda y los violentos golpes a la cabeza, pero uno entre los médicos que se ocupó de su lenta y aparentemente serena agonía, tenía otra teoría, no completamente absurda: Sonia no querìa recobrar el conocimiento, no podía. Era su manera de condenarse, de castigarse, por haber matado a su querida hermana. Coma irreversible. Sin embargo en los análisis no resultaban daños cerebral que lo justificaran. Se trataba de uno de aquellos casos en que no se sabe, a fin de cuentos, porque es irreversible. ¿ Y entonces? ¿Por qué no aceptar la tesis del coma voluntario?
Por lo que a mi se refiere, todavía hoy me interrogo sobre las razones de mi involucro emotivo. ¿Me enamoré, cómo afirmaba tío Alberto? ¿Pero,entonces, de quién? ¿de Sonia o de Martha? Porque es verdad que a Martha nunca la había conocido, pero es también verdad que cuando Sonia Rama personificaba a alguien, lo hacìa a la perfección: entraba en su personaje y aquel personaje....vivía.
domingo 4 de mayo de 2008
jueves 15 de marzo de 2007
Práctica Traducción
LINGUA SPAGNOLA I
Traducir estas frases al español.
1. Avresti voglia di vedere un film poliziesco ? No, preferirei andare a teatro
2. Con chi ti piacerebbe andare in vacanza? Con il ragazzo di cui ti parlavo, quello che ho conosciuto all’università.
3. Non applaudite (aplaudir) finché il pianista non abbia finito di suonare. Continuate a stare seduti.
4. Sono due giorni che ti sto chiamando. Dove sei? Dimmi qualcosa?
5. L’estate scorsa sono andato in vacanza alle Canarie e mi sono divertito molto. E’ stata un gita bellissima è anche la più lunga che abbiamo fatto mai.
6. Porta la mia gonna dalla nonna, poi vai al fruttivendolo a comprare dei pomodori.
7. Tre delle tue amiche sono spagnole. Sei andato mai in Francia?
8. Ho appena fatto un errore. Mi dispiace però sono molto nervosa. Vedi quello che porta gli occhiali? È un mio amico che per un po’ è stato anche il mio fidanzato.
9. Pagai 10 euro più di te per lavare la mia moto.
10. Non conosco nessuno che sappia l’inglese più di te. Sei stata mai in Inghilterra?
11. Conosci il ragazzo che era di fronte alla scuola? Lui conosceva te; lo so perché disse il tuo nome quando passammo accanto a lui.
12. L'anno prossimo andrò in Spagna e passerò un mese a Malaga.
13. Come devo dirtelo? Non prendere quello che non è tuo. Prendi la penna e mettiti a scrivere immediatamente.
14. Quanti ne abbiamo? Ne abbiamo 21 settembre 1999.
15. Domattina devo andare dal parrucchiere se voglio essere pronta prima di cena. Vuoi che ti telefoni prima di venire da te?
16. Non sapevo che avevi così tanti cugini, ero convinto che ne avessi molti di meno.
17. Ieri non sono venuta alla festa perché ero ammalata. Avevo la febbre e sono rimasta a qui dai miei.
18. Sei contento della tua nuova casa? Sì, il problema è che il quartiere è ancora troppo isolato e non ci sono autobus.
19. Alcuni desiderano la prima cosa che gli capita e il suo contrario.
20. Se chiedono del direttore, ditegli che tornerà domani"
Traducir estas frases al español.
1. Avresti voglia di vedere un film poliziesco ? No, preferirei andare a teatro
2. Con chi ti piacerebbe andare in vacanza? Con il ragazzo di cui ti parlavo, quello che ho conosciuto all’università.
3. Non applaudite (aplaudir) finché il pianista non abbia finito di suonare. Continuate a stare seduti.
4. Sono due giorni che ti sto chiamando. Dove sei? Dimmi qualcosa?
5. L’estate scorsa sono andato in vacanza alle Canarie e mi sono divertito molto. E’ stata un gita bellissima è anche la più lunga che abbiamo fatto mai.
6. Porta la mia gonna dalla nonna, poi vai al fruttivendolo a comprare dei pomodori.
7. Tre delle tue amiche sono spagnole. Sei andato mai in Francia?
8. Ho appena fatto un errore. Mi dispiace però sono molto nervosa. Vedi quello che porta gli occhiali? È un mio amico che per un po’ è stato anche il mio fidanzato.
9. Pagai 10 euro più di te per lavare la mia moto.
10. Non conosco nessuno che sappia l’inglese più di te. Sei stata mai in Inghilterra?
11. Conosci il ragazzo che era di fronte alla scuola? Lui conosceva te; lo so perché disse il tuo nome quando passammo accanto a lui.
12. L'anno prossimo andrò in Spagna e passerò un mese a Malaga.
13. Come devo dirtelo? Non prendere quello che non è tuo. Prendi la penna e mettiti a scrivere immediatamente.
14. Quanti ne abbiamo? Ne abbiamo 21 settembre 1999.
15. Domattina devo andare dal parrucchiere se voglio essere pronta prima di cena. Vuoi che ti telefoni prima di venire da te?
16. Non sapevo che avevi così tanti cugini, ero convinto che ne avessi molti di meno.
17. Ieri non sono venuta alla festa perché ero ammalata. Avevo la febbre e sono rimasta a qui dai miei.
18. Sei contento della tua nuova casa? Sì, il problema è che il quartiere è ancora troppo isolato e non ci sono autobus.
19. Alcuni desiderano la prima cosa che gli capita e il suo contrario.
20. Se chiedono del direttore, ditegli che tornerà domani"
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